Durante semanas la atención internacional se ha concentrado en misiles, bombardeos y balances de víctimas en el Medio Oriente. Pero el verdadero impacto de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se libra en el terreno económico. Y sus efectos ya están redibujando el funcionamiento de la economía global. Esta vez no se trata de una crisis localizada, sino un shock estructural que atraviesa mercados, alimentos, energía y decisiones políticas en todo el planeta.
La guerra paraliza el paso por el Estrecho de Ormuz
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el epicentro de esta crisis. Por allí transitaban hasta hace poco cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo y una parte significativa del gas natural licuado mundial. Hoy, ese flujo está seriamente comprometido.
El impacto ha sido inmediato. El precio del crudo subió con rapidez, primero un 15 %, luego hasta los 120 dólares por barril. En escenarios más extremos, la proyección apunta a los 150 dólares. Pero el petróleo es apenas la primera capa del problema.
El conflicto ha encarecido los seguros marítimos, disparado los costos de transporte y alterado las rutas comerciales. Incluso cuando los barcos siguen navegando, lo hacen bajo un sobreprecio global que se filtra en toda la economía.
Ese incremento ya se siente en sectores que, a primera vista, parecen ajenos a la guerra como la fabricación de microchips en Asia o la producción agrícola en América Latina.
Pero el golpe más profundo está en los fertilizantes. El Golfo es clave para el suministro de urea, amoníaco y azufre. Con la guerra, los precios de la urea han subido cerca de un 30 % en apenas un mes.
El momento no podría ser peor. Coincide con el inicio de la siembra de primavera en el hemisferio norte. Agricultores en América, Asia y África deben decidir si siembran menos, cambian cultivos o asumen costos más altos.
Las consecuencias no serán inmediatas, pero sí inevitables. Los expertos esperan menores rendimientos agrícolas en los próximos meses y una presión creciente sobre el suministro mundial de alimentos.
Ese efecto ya comienza a materializarse. En marzo, los precios globales de los alimentos aumentaron un 2,4 %. Subieron los cereales, la carne, los lácteos, los aceites vegetales y el azúcar.
Detrás de esa subida está el hilo conductor del encarecimiento de la energía. Cuando el petróleo sube, toda la cadena alimentaria se resiente.
El trigo, por ejemplo, registró un incremento notable impulsado por expectativas de menor superficie sembrada. El aceite vegetal alcanzó niveles no vistos en más de dos años. El azúcar volvió a encarecerse por la relación directa entre petróleo y producción de etanol en Brasil.
La advertencia es clara. Si el conflicto se prolonga y el estrecho de Ormuz permanece bloqueado, el impacto sobre los alimentos podría superar incluso el registrado durante la pandemia.
Una guerra que reconfigura el futuro
El mapa del impacto no es uniforme. La guerra revela una profunda asimetría económica. Más del 80 % del petróleo y del gas que cruza Ormuz tiene como destino Asia. Países como Japón y Corea del Sur dependen en gran medida del crudo de Medio Oriente. Corea ya ha activado un programa de estabilización de decenas de miles de millones de dólares para contener la volatilidad.
China cuenta con reservas que le permiten amortiguar el golpe a corto plazo, pero enfrenta una presión creciente sobre sus costos industriales. Energía más cara significa menor competitividad en sectores como el acero, los químicos o la electrónica.
India, con menos margen de maniobra, enfrenta un escenario más delicado. El aumento de los precios energéticos alimenta la inflación, debilita su moneda y amenaza su crecimiento.
Mientras tanto, los países más pobres —especialmente en África y partes de Asia— enfrentan un riesgo mayor. Sin reservas ni capacidad fiscal, el impacto llega de forma directa, con alimentos más caros, combustibles inaccesibles y mayor presión social.
Este conflicto no solo está encareciendo la vida en el presente; también modifica decisiones estructurales. Las inversiones se posponen, las cadenas de suministro se rediseñan y la confianza en la estabilidad del Golfo se erosiona. Cada semana de guerra aumenta el costo de la recuperación futura.
Históricamente, crisis energéticas de esta magnitud han acelerado transformaciones profundas. Esta podría impulsar una diversificación energética más agresiva, nuevas reservas estratégicas y cambios en los patrones de comercio global. Pero esos ajustes requieren tiempo. Mientras tanto, el daño se acumula en silencio.
