Durante más de una década, invertir en uranio fue un activo incómodo. Tras el accidente de Fukushima en 2011, el mercado lo castigó con dureza, porque el precio cayó desde niveles superiores a 70 dólares por libra hasta situarse por debajo de los 20 durante años. Muchas minas cerraron. La exploración prácticamente se paralizó. La narrativa dominante era que la energía nuclear estaba en retirada. Hoy, el panorama es radicalmente distinto.

La transición energética, la presión por descarbonizar las economías y el auge explosivo de la inteligencia artificial han devuelto al uranio al centro del debate estratégico global. Y con él, a los radares de los grandes inversores.

Electrificación, IA y energía de base, el regreso nuclear

El mundo avanza hacia una electrificación masiva. La demanda global de electricidad podría duplicarse hacia 2050, impulsada por la automatización industrial, el crecimiento demográfico en Asia y África, y la electrificación del transporte.

Pero hay un factor nuevo que altera todas las proyecciones: la inteligencia artificial.

Los centros de datos y las infraestructuras de IA son extremadamente intensivos en consumo energético. En Estados Unidos, se estima que los centros de datos podrían representar más del 8% del consumo eléctrico total en 2030, el doble que hoy. Si los planes de expansión tecnológica se ejecutan plenamente, la demanda eléctrica asociada a la IA podría aumentar un 50% antes de que termine la década.

Las energías renovables son clave, pero su intermitencia impide que, por sí solas, garanticen energía constante 24/7. La red necesita potencia de base estable. Y ahí la energía nuclear vuelve a ganar terreno.

Actualmente, el sector nuclear genera alrededor del 11% de la electricidad mundial y cerca del 60% de la energía limpia global. La World Nuclear Association proyecta que la demanda de uranio para reactores podría duplicarse antes de 2040.

El mercado ya está descontando este escenario. Desde finales de 2024, las empresas vinculadas al uranio han registrado rendimientos muy superiores al promedio del mercado.

Un mercado con déficit estructural

Tras años de precios deprimidos, invertir en uranio cayó desde más de 1.500 millones de dólares anuales antes de Fukushima hasta apenas 380 millones en 2020. El número de minas activas se redujo drásticamente. Reactivar capacidad o desarrollar nuevos proyectos puede tardar entre cinco y diez años, debido a permisos regulatorios, financiación y construcción.

Además, la producción está altamente concentrada. En 2024, tres países —Kazajistán (39%), Canadá (24%) y Namibia (12%)— representaron aproximadamente el 75% del suministro global. Kazajistán, a través de su empresa estatal Kazatomprom, domina el mercado con operaciones de lixiviación in situ, un método que ya supone más del 55% de la producción mundial.

Esta concentración introduce riesgos geopolíticos evidentes al invertir en uranio, especialmente en un contexto de tensiones internacionales y reconfiguración de cadenas de suministro tras la guerra en Ucrania.

El mercado del uranio tiene una característica poco común entre las materias primas y es que no es cíclico en el sentido tradicional.

Las centrales nucleares no pueden simplemente reducir consumo durante una recesión. El combustible debe utilizarse de forma continua para mantener la operación segura. Además, el coste del uranio representa una fracción pequeña del coste total de generación nuclear. Por eso, los operadores priorizan seguridad de suministro sobre precio.

Los contratos suelen firmarse a largo plazo, garantizando ingresos estables para productores y una demanda relativamente inelástica. En un entorno donde la oferta futura es limitada, este modelo favorece perspectivas estructuralmente alcistas.

El precio del uranio, que alcanzó casi 140 dólares por libra en 2007, pero volvió a superar los 100 dólares a comienzos de 2024. A diciembre de 2025 cotiza en torno a 81,40 dólares por libra, muy por encima de los mínimos de la década anterior.

China lidera la expansión nuclear. Su ambicioso programa contempla la puesta en marcha de cerca de 120 nuevos reactores en los próximos años, como parte de su estrategia para reducir dependencia de hidrocarburos.

En paralelo, Estados Unidos intenta reconstruir una industria nuclear independiente y asegurar recursos domésticos. En Europa, la dependencia histórica de Rusia en áreas como enriquecimiento y suministro ha obligado a revisar alianzas industriales.

Mientras tanto, España mantiene su plan de cierre progresivo de centrales entre 2027 y 2035. Sin embargo, la tesis de invertir en uranio es global, porque está impulsada por Asia, Norteamérica y otros países europeos que prolongan la vida útil de reactores existentes.

Cómo acceder al sector para invertir en uranio

El inversor minorista no puede comprar uranio físico debido a su naturaleza radiactiva y regulación estricta. Pero sí puede acceder al sector mediante acciones de compañías mineras y fondos cotizados.

Entre los ETFs más conocidos están el Global X Uranium (URA), enfocado en grandes productores; el Sprott Uranium Miners (URNM); el Sprott Junior Uranium Miners (URNJ), con mayor exposición a exploración y, por tanto, mayor volatilidad; y el VanEck Uranium and Nuclear Energy (NLR), que cubre toda la cadena de valor, incluyendo operadores y proveedores tecnológicos.

Para quienes buscan diversificar internacionalmente y acceder con eficiencia a este tipo de activos estratégicos, contar con una estructura financiera sólida es fundamental. En ese contexto, una cuenta de inversión en Panamá puede convertirse en una herramienta útil. Al abrir esta cuenta se puede aprovechar la solidez del sistema financiero de ese país, para así acceder a oportunidades en los mercados globales, incluyendo sectores como el uranio y la energía nuclear.

La combinación de electrificación masiva, auge de la inteligencia artificial, necesidad de energía limpia firme y restricciones estructurales de oferta configura un escenario poco habitual, en el que una materia prima con demanda creciente e importancia geopolítica puede garantizar contratos de largo plazo.

Para el inversor informado, el mensaje es claro. Más allá de la volatilidad de corto plazo, el renacimiento nuclear podría marcar una de las tendencias estructurales más relevantes de la próxima década.