El sistema energético cubano ha entrado en una fase crítica que ya no admite matices. La desaparición abrupta del petróleo venezolano —tras el secuestro de Nicolás Maduro y el colapso operativo de Caracas— provocó un efecto dominó inmediato en la Isla. Sin combustible para sostener la generación eléctrica, Cuba pasó de la precariedad estructural a la emergencia abierta. Apagones de hasta 16 horas diarias, incluso en La Habana, se han convertido en la expresión más visible de una crisis económica que se profundiza semana tras semana.

En ese contexto, la decisión de China de entregar 80 millones de dólares para el sector eléctrico cubano y donar 60.000 toneladas de arroz es una intervención económica calculada, dirigida a evitar el colapso total de un aliado estratégico en el Caribe. La ayuda, aprobada directamente por el presidente chino Xi Jinping, apunta al sistema electroenergético sin combustible, con termoeléctricas envejecidas y sin capacidad financiera para importar repuestos o generar inversiones propias.

Una crisis energética sin colchón financiero

Cuba enfrenta la ausencia de un modelo energético viable. Durante años, el suministro de crudo y derivados desde Venezuela permitió sostener una infraestructura obsoleta, pero funcional a corto plazo. Ese esquema colapsó. Sin petróleo subsidiado, la economía cubana quedó expuesta a su fragilidad. Tiene centrales con más de cuatro décadas de explotación, falta de mantenimiento crónico y una red eléctrica incapaz de absorber picos de demanda.

El impacto es inmediato en la actividad económica. Industrias paralizadas, servicios interrumpidos, transporte afectado y una presión creciente sobre los hogares. La energía dejó de ser un problema técnico para convertirse en un factor central de empobrecimiento. Sin electricidad estable no hay producción, ni comercio, ni recuperación posible. La contracción acumulada de la economía en los últimos cinco años confirma ese deterioro sostenido.

El dinero chino, un alivio inmediato con interrogantes de fondo

Los 80 millones de dólares anunciados por Pekín están destinados a la compra de equipamiento eléctrico y a cubrir necesidades urgentes. Pero el carácter real de esa “asistencia financiera” sigue sin claridad. No se han divulgado condiciones, plazos ni mecanismos de control. En experiencias previas en la región, la ayuda china ha transitado con facilidad de donativo político a deuda estructural.

Para Cuba, el margen de maniobra es mínimo. La falta de liquidez externa y el cierre de fuentes tradicionales de financiamiento obligan a aceptar recursos sin demasiadas preguntas. El riesgo reside en resolver la emergencia de hoy hipotecando la capacidad de maniobra de mañana. La energía solar —con proyectos anunciados de hasta 2000 MW— aparece como una alternativa, pero su implementación avanza lentamente y no sustituye, en el corto plazo, la generación térmica perdida.

La ausencia del petróleo venezolano marca un punto de inflexión. Durante dos décadas, Caracas funcionó como amortiguador energético de La Habana. Su desaparición deja a Cuba sin red de seguridad. China entra entonces como sostén parcial, no para reemplazar ese flujo de crudo, sino para evitar un apagón total del sistema.

Esta transición redefine las dependencias externas. Donde antes hubo petróleo, ahora hay transferencias financieras y donativos en especie. El problema es que ninguna de esas fórmulas garantiza estabilidad. El arroz chino alivia la escasez alimentaria inmediata, pero no reactiva la economía. El dinero para la red eléctrica puede reducir apagones puntuales, pero no transforma una infraestructura colapsada.

Política de supervivencia ante crisis energética

El respaldo chino coincide con un reforzamiento de alianzas políticas en un momento de máxima vulnerabilidad para Cuba. La energía se convierte así en un instrumento de supervivencia del sistema, no de desarrollo. Cada apagón prolongado erosiona la ya frágil actividad económica y acelera el deterioro social.

El dilema es claro. Sin una reforma profunda del modelo energético —diversificación real, eficiencia, inversión sostenida— Cuba seguirá dependiendo de salvavidas externos. Hoy es China quien amortigua el golpe dejado por Venezuela. Mañana, nadie garantiza que exista un reemplazo. Mientras tanto, la economía cubana sigue funcionando a oscuras, sostenida por parches financieros que posponen, pero no evitan, el colapso estructural.