Estados Unidos tiene 21 millones de personas que viven con algún tipo de adicción a las drogas. No se trata de un fenómeno marginal ni limitado a los estereotipos clásicos. La adicción atraviesa edades, territorios y clases sociales, y se conecta con un entramado más amplio de dependencias que incluye alcohol, tabaco, juego y consumo digital. El dato es contundente y obliga a mirar el problema con mayor profundidad.

Una epidemia que va más allá de la ilegalidad

Hablar de drogas en Estados Unidos ya no es solo hablar de heroína o cocaína. El mapa actual de las adicciones incluye sustancias ilegales, medicamentos recetados y productos de uso cotidiano. Analgésicos, estimulantes y sedantes forman parte de un circuito que comenzó en farmacias y consultorios médicos y terminó alimentando una dependencia masiva.

Las cifras oficiales muestran que más de 24 millones de personas consumieron drogas ilícitas en un solo mes, lo que revela una frontera difusa entre uso ocasional, abuso y adicción. En ese terreno ambiguo se incuban millones de historias personales marcadas por la recaída, el estigma y la dificultad de acceder a tratamientos sostenidos.

La lista de sustancias más asociadas a la adicción es conocida, pero su impacto no es uniforme. La cocaína sigue siendo una de las drogas ilegales más traficadas del país. La heroína, por su parte, mostró un crecimiento sostenido durante casi una década, impulsada por su bajo costo y su alta capacidad adictiva.

La marihuana ocupa un lugar particular. Es la droga más utilizada en Estados Unidos y su expansión se ha visto favorecida por la legalización con fines médicos y recreativos en varios estados. Sin embargo, su normalización no ha eliminado los riesgos de dependencia, especialmente en poblaciones jóvenes.

A este escenario se suman los medicamentos recetados. Analgésicos opioides, estimulantes como los usados para el déficit de atención y sedantes de uso extendido forman parte del circuito de adicciones que nacen bajo prescripción médica y terminan fuera de control.

La adicción a las drogas como condición médica

Uno de los consensos más importantes en la comunidad científica es que la adicción no es un vicio ni una falla moral, sino una condición médica. Así lo reconoce el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que clasifica los trastornos por consumo de sustancias junto a otras adicciones conductuales.

Este enfoque es clave porque desplaza la discusión del castigo a la atención sanitaria. Sin embargo, el acceso al tratamiento sigue siendo limitado. En el caso del alcohol, solo una fracción de quienes presentan un trastorno recibe ayuda profesional. En drogas, el escenario no es muy distinto.

El sistema de rehabilitación estadounidense enfrenta un dilema persistente. Aunque existen centros especializados y programas públicos y privados, una gran parte de las personas con adicción no busca o no mantiene tratamiento. En adicciones como el juego, apenas una minoría accede a ayuda, y las tasas de recaída superan el 70 % entre quienes sí lo hacen.

Las drogas presentan desafíos similares. La interrupción temprana de los tratamientos, la falta de seguimiento comunitario y los factores socioeconómicos juegan en contra de una recuperación sostenida. La adicción, en muchos casos, se convierte en un ciclo que combina abstinencia, recaída y deterioro progresivo.

Un ecosistema de dependencias de las drogas

Reducir la crisis a las drogas sería un error. Una de cada ocho personas en Estados Unidos sufre algún tipo de adicción, incluyendo alcohol, tabaco, apuestas, compras compulsivas o uso problemático de Internet y videojuegos. Este ecosistema de dependencias comparte como mismo núcleo la activación repetida de los circuitos de recompensa del cerebro.

El tabaco sigue siendo la principal causa de muerte prevenible en el país. El alcohol se mantiene entre los factores más destructivos para la salud pública. Y las adicciones conductuales, aunque menos visibles, generan daños económicos, familiares y emocionales comparables.

Detrás de los 21 millones de adictos hay biografías fragmentadas, familias desbordadas y sistemas de salud tensionados. La adicción se cruza con la pobreza, la salud mental, el acceso desigual a la atención y la presión de un mercado que ofrece estímulos constantes y altamente adictivos.

La pregunta ya no es si Estados Unidos enfrenta una crisis de drogas. La pregunta es cómo responder a una realidad que combina consumo masivo, baja cobertura terapéutica y una normalización creciente de sustancias y conductas adictivas. Mientras tanto, la cifra sigue ahí, implacable, recordando que la adicción no es un problema ajeno, sino una de las grandes fracturas contemporáneas de la sociedad estadounidense.