El ataque de Estados Unidos contra Venezuela no puede leerse como un episodio aislado ni como un arrebato impulsivo de política exterior de Donald Trump. Detrás del lenguaje de seguridad, las advertencias diplomáticas y la retórica presidencial, emerge una lógica mucho más cruda: la guerra como herramienta económica y doctrina de fuerza en un contexto de debilitamiento estructural.

Washington no está reaccionando desde la fortaleza, sino desde la presión. Un endeudamiento histórico, una pérdida sostenida de capacidad industrial, una inflación latente y un sistema financiero sostenido por expectativas frágiles configuran un escenario incómodo para la primera potencia mundial. En ese marco, el uso de la fuerza esgrimido por Trump deja de ser una excepción y se convierte en un recurso.

El declive de Washington que no se admite en público

Durante décadas, Estados Unidos logró compensar sus desequilibrios internos exportando poder. Hoy, ese modelo muestra fisuras. El dólar sigue siendo dominante, pero cada vez depende más de mecanismos de imposición que de confianza. Mantener su centralidad requiere control real sobre activos estratégicos, especialmente energéticos.

Venezuela entra en ese mapa no por razones morales ni humanitarias, sino por su condición de reserva. En un mundo que transita hacia un orden energético tenso, con cadenas de suministro fragmentadas y competencia abierta entre potencias, el petróleo vuelve a ser un seguro geopolítico. No un recurso del pasado, sino una garantía de negociación futura.

El ataque a Caracas se inscribe en una secuencia más amplia. Yemen, Siria, Irán, Nigeria, bajo ataque. Groenlandia en peligro. Regiones distintas, conflictos distintos, pero en todos ellos es posible encontrar como elementos comunes rutas, reservas o nodos energéticos clave. La política exterior de la Administración Trump parece haber dibujado una cartografía precisa de puntos donde intervenir no solo militarmente, sino económicamente.

No se trata únicamente de asegurar petróleo o gas para consumo propio. Se busca influir en precios, condicionar mercados, forzar alianzas y, sobre todo, sostener un modelo financiero que necesita que el mundo siga comprando deuda estadounidense. La energía funciona como respaldo indirecto de ese sistema.

América Latina como tablero estratégico

Venezuela no está sola en este esquema. La presión sobre otros países de América Latina revela una estrategia de reposicionamiento frente al avance chino. Infraestructura, puertos, corredores logísticos y acuerdos energéticos están siendo disputados silenciosamente. Cuando la diplomacia no alcanza, la coerción aparece como atajo.

En ese contexto, el ataque cumple una doble función. Internamente, proyecta fuerza y distrae del deterioro económico. Externamente, envía como mensaje claro que los recursos estratégicos del continente no están fuera del radar de Washington.

Bajo la presidencia de Donald Trump, esta dinámica se vuelve más explícita. Se reduce el lenguaje técnico, se acorta la distancia entre decisión y acción, y se privilegia el impacto inmediato. No es una anomalía, sino una radicalización de una tendencia previa.

Trump no inaugura esta política, pero la acelera. Sustituye consensos por imposiciones y acuerdos multilaterales por relaciones de fuerza directa. La guerra, en este esquema, deja de ser un fracaso de la política y pasa a ser una extensión natural de la economía.

Un orden internacional cada vez más frágil

El problema no es solo Venezuela y la vulneración flagrante del derecho internacional, con el secuestro del presidente Maduro y su esposa. Es el precedente. Cuando una potencia en declive opta por militarizar su economía, el sistema global entra en una fase de inestabilidad permanente. La negociación se vuelve provisional, la legalidad internacional se relativiza y la desconfianza se institucionaliza.

El ataque a Venezuela no resuelve las debilidades estructurales de Estados Unidos. Apenas las posterga. Pero el costo se traslada al resto del mundo, que asiste a un escenario donde la fuerza vuelve a imponerse como argumento central.

En ese sentido, más que un gesto de poder, la ofensiva de la Administración Trump revela una vulnerabilidad profunda. Una potencia que necesita recurrir a la guerra para sostener su posición ya no domina el tablero. Apenas intenta no perderlo.