La economía cubana entró en 2026 sin margen de maniobra. El corte del suministro petrolero procedente de Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro, dejó al país sin su principal ancla energética justo cuando la crisis ya había alcanzado niveles críticos. Apagones de hasta 20 horas diarias son la expresión más visible de un colapso productivo que se extiende por toda la estructura macroeconómica.
En ese escenario, la nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump, que autoriza imponer aranceles a los países que vendan o suministren petróleo a Cuba, no crea la crisis, pero sí la profundiza. La medida llega cuando el país ya había perdido su sostén energético histórico y sobrevivía gracias a envíos irregulares, insuficientes y políticamente frágiles.
Un déficit energético convertido en freno económico
Cuba necesita alrededor de 110.000 barriles diarios de crudo para sostener su funcionamiento básico. Produce poco más de 40.000. El resto debe importarlo. Ese déficit, que durante años fue cubierto por Venezuela, hoy queda al descubierto. Sin combustible, la economía se interrumpe.
La electricidad se ha convertido en el principal cuello de botella del PIB. Industrias paralizadas, cadenas logísticas fragmentadas, transporte reducido y agricultura afectada por la falta de energía describen un país que opera muy por debajo de su capacidad real. No se trata de ineficiencia coyuntural, sino que, sin petróleo, no hay crecimiento posible.
La crisis energética tiene un efecto inmediato sobre las finanzas públicas. Menos actividad económica implica menor recaudación, mientras que el Estado se ve obligado a asumir más gastos para sostener servicios mínimos, importar combustibles de emergencia o contener el impacto social de los apagones.
Ese desbalance ocurre en una economía sin acceso fluido a crédito internacional y con severa escasez de divisas. Cada hora sin electricidad es también una hora sin ingresos fiscales, sin producción vendible y sin capacidad de estabilización macroeconómica.
Trump no corta el petróleo, pero encarece el acceso
La orden ejecutiva estadounidense no bloquea directamente el suministro, pero eleva el costo de comerciar petróleo con Cuba. Al amenazar con aranceles a los bienes de países que mantengan intercambios energéticos con la isla, Washington convierte el crudo en un riesgo comercial.
Para potenciales proveedores, vender petróleo a Cuba deja de ser una transacción energética y pasa a ser una decisión geopolítica con consecuencias económicas. El resultado previsible es menos disposición a suministrar, más discreción, menos volumen y mayor costo implícito por cada barril que logre llegar.
Tras el colapso del eje venezolano, Cuba ha dependido de dos apoyos limitados: México y Rusia. Los envíos mexicanos, que crecieron durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se han vuelto irregulares desde enero. La presidenta, Claudia Sheinbaum, mantiene una postura ambigua, mientras Washington interpreta cualquier ayuda energética como un salvavidas al gobierno cubano.
Rusia, por su parte, aporta volúmenes pequeños —entre 5.000 y 6.000 barriles diarios— y asistencia técnica a refinerías. Es un apoyo simbólico en términos macroeconómicos, incapaz de estabilizar el sistema eléctrico nacional.
La amenaza arancelaria de Trump apunta precisamente a impedir que México u otro país sustituya de manera sostenida el papel que tuvo Venezuela.
Inflación por escasez y empobrecimiento real
La crisis energética empuja la inflación en Cuba por dos vías. Por un lado, aumento de costos y reducción de oferta. Producir y distribuir bienes se vuelve más caro, mientras la disponibilidad cae. El resultado es una pérdida sostenida del poder adquisitivo y una contracción del consumo real, otro golpe directo al PIB.
Sin Venezuela, con aliados limitados y bajo presión internacional creciente, Cuba enfrenta una crisis que ya no es sectorial. La energía se ha convertido en el eje del colapso macroeconómico. La medida de Trump no inicia ese proceso, pero lo acelera y lo encarece.
En economía, cuando el insumo básico desaparece y nadie quiere venderlo, el resultado es parálisis. Cuba hoy no negocia petróleo. Sobrevive, apenas, sin él. ¿Por cuánto más?
