El nuevo ciclo económico para América Latina y el Caribe se perfila como una etapa de estabilidad contenida. El más reciente informe del Banco Mundial proyecta que la región crecerá alrededor de 2,3% en 2026 y 2,6% en 2027, tras un desempeño ligeramente inferior en 2025. No es un salto significativo. Tampoco un retroceso. Es una recuperación gradual que confirma que la región logró sortear presiones inflacionarias y tensiones externas sin caer en una desaceleración profunda.
El impulso previsto descansa en tres factores centrales como el mayor dinamismo del consumo interno, la reactivación de la inversión —tanto pública como privada— y una recuperación paulatina del comercio internacional. Sectores como turismo, minería y petróleo vuelven a desempeñar un papel determinante. Sin embargo, el promedio regional oculta brechas importantes entre economías.
Los países que lideran el crecimiento económico
Dentro del tablero regional, algunas economías muestran un dinamismo superior. República Dominicana y Panamá se sitúan por encima del 4% en los próximos dos años. En el caso dominicano, la estabilidad macroeconómica y el vigor del consumo interno han consolidado su posición como una de las economías más dinámicas del Caribe. Panamá, por su parte, continúa beneficiándose de su plataforma logística, financiera y de infraestructura, que le permite sostener tasas de expansión superiores al promedio regional.
Argentina también figura entre los líderes, con proyecciones cercanas al 4% tanto en 2026 como en 2027. No obstante, el entorno político interno introduce un componente de incertidumbre que podría influir en la confianza empresarial y en la evolución de la demanda doméstica. En América Latina, el crecimiento proyectado no depende únicamente de variables económicas, ya que la estabilidad institucional sigue siendo determinante.
En Centroamérica, el desempeño general es sólido, con tasas en torno al 3,6% y 3,7%. El consumo doméstico sostiene buena parte de esa dinámica. Sin embargo, existe un riesgo estructural evidente, por la dependencia de las remesas. Una eventual reducción en esos flujos afectaría directamente el ingreso disponible de millones de hogares, debilitando la demanda interna.
El Caribe presenta cifras llamativas, pero con un matiz importante. El auge petrolero en Guyana eleva de manera significativa el promedio subregional. Sin ese impulso, el crecimiento caribeño se modera, aunque mantiene una tendencia positiva apoyada en servicios y turismo. El caso de Guyana ilustra cómo una economía pequeña, altamente concentrada en un recurso estratégico, puede alterar las estadísticas regionales.
Las grandes economías y los riesgos estructurales
El desempeño de las dos mayores economías latinoamericanas será decisivo para el promedio regional. Brasil crecería alrededor de 2% en 2026 y ligeramente más en 2027. Las tasas de interés elevadas, el entorno global incierto y el calendario electoral condicionan el ritmo de expansión. Aunque se anticipa cierta flexibilización monetaria, el contexto internacional sigue limitando un repunte más fuerte.
México enfrenta un escenario más moderado, con tasas por debajo del promedio regional. Su alta integración comercial con Estados Unidos lo convierte en una economía particularmente sensible a cambios regulatorios y a eventuales tensiones en acuerdos comerciales. La revisión del T-MEC y posibles ajustes arancelarios añaden incertidumbre a la inversión y a las cadenas de suministro.
En el grupo intermedio se encuentran Colombia, Perú y Chile. Colombia mantiene un consumo relativamente resiliente y una recuperación gradual de la inversión privada. Perú se apoya en la minería, especialmente el cobre, y en proyectos de infraestructura. Chile avanza en un proceso de normalización monetaria que acompaña la estabilización de la demanda interna.
Más allá de las cifras, el informe identifica riesgos externos significativos: menor crecimiento global, volatilidad financiera, elevados niveles de deuda pública, posibles caídas en precios de materias primas y el impacto creciente del cambio climático. Algunas economías incluso enfrentarían contracciones, lo que refuerza la heterogeneidad regional.
En paralelo, surge una oportunidad estratégica vinculada a la adopción de inteligencia artificial. Aquellas economías con mayor capital humano y mejor preparación tecnológica podrían aumentar su productividad y capturar beneficios más rápidamente. En una región marcada por brechas estructurales, la capacidad de incorporar innovación será un factor decisivo para sostener el crecimiento más allá del corto plazo.
América Latina tendrá un crecimiento económico en 2026 y 2027. Pero lo hará sin euforia y a distintas velocidades. El promedio regional refleja estabilidad, no convergencia. Mientras algunos países superan el 4%, otros apenas alcanzan el 2% o registran retrocesos (como Cuba). El desafío no es solo crecer, sino hacerlo con mayor resiliencia y menor desigualdad estructural en un entorno global que continúa siendo incierto.
