Durante años, el atractivo de Panamá para la inversión extranjera estuvo asociado a la logística, comercio y finanzas. Zonas francas concebidas para el movimiento de mercancías, ensamblaje ligero y redistribución regional marcaron el patrón. Hoy, ese modelo comienza a desplazarse. La llegada de International Free Zone Authority (IFZA) introduce una señal clara de cambio. Ahora el país quiere competir por capital de servicios, conocimiento e innovación, no solo por contenedores.

El nuevo esquema no busca grandes plantas industriales ni operadores logísticos tradicionales. Apunta a micro, pequeñas y medianas empresas, firmas tecnológicas, servicios profesionales y negocios digitales con vocación internacional. Es un ajuste fino al tipo de inversión que Panamá quiere atraer en un contexto global marcado por nearshoring, fragmentación de cadenas de valor y mayor escrutinio regulatorio.

Un giro estratégico en la arquitectura de incentivos para las zonas francas

La apuesta de IFZA se inserta en un momento sensible para la economía panameña. El país necesita sostener flujos de inversión extranjera directa en un entorno más competitivo, donde México, Colombia, Costa Rica y República Dominicana también están afinando sus propuestas para servicios exportables.

El diferencial del modelo no está únicamente en las exenciones fiscales —impuesto sobre la renta, aranceles e IVA—, sino en la reducción de fricciones. Simplificación de trámites, procesos de constitución ágiles, acompañamiento migratorio y un ecosistema de soporte empresarial integrado forman parte del núcleo de la propuesta. Para el inversor esto representa menos tiempo en gestiones y más foco en escalar el negocio.

Este enfoque responde a una realidad concreta. Las empresas de servicios y base digital no necesitan grandes extensiones físicas, pero sí marcos regulatorios previsibles, acceso bancario, estabilidad monetaria y conectividad. Panamá, con economía dolarizada y una plataforma financiera consolidada, cumple con esos requisitos.

La narrativa país también se ajusta. Panamá deja de venderse exclusivamente como corredor logístico y se proyecta como plataforma regional de servicios de alto valor agregado. La conectividad aérea y marítima, tradicionalmente asociada al comercio, ahora se reinterpreta como un activo para la exportación de talento, software, consultoría y soluciones digitales.

En ese sentido, la integración de proveedores locales —firmas legales, asesores fiscales, contables, inmobiliarios— no es un detalle menor. El modelo IFZA se apoya en una red profesional existente, lo que permite que parte del valor generado se quede en la economía local y no se limite a estructuras offshore desconectadas del tejido productivo.

Cumplimiento y reputación, un activo silencioso para las zonas francas

Desde la óptica del inversionista internacional, la reputación es un elemento que pesa cada vez más. La salida de Panamá de listas de riesgo financiero y fiscal en los últimos años ha sido clave para recomponer confianza. En un entorno donde los flujos de capital son cada vez más selectivos, el cumplimiento dejó de ser un requisito técnico para convertirse en un factor competitivo.

La llegada de IFZA se apalanca precisamente en ese cambio de percepción. No se trata solo de ofrecer incentivos, sino de hacerlo dentro de un marco alineado con estándares internacionales. Para empresas de servicios globales, especialmente las que operan con clientes corporativos en Norteamérica y Europa, ese detalle marca la diferencia.

El componente geopolítico-económico tampoco es menor. IFZA convierte a Panamá en su primera base física en América Latina, reforzando el papel del país como punto de conexión entre regiones. Para empresas latinoamericanas, el esquema abre una puerta estructurada hacia mercados de Emiratos Árabes Unidos, África e incluso Asia del Sur. Para capital de Medio Oriente, Panamá se presenta como plataforma de entrada ordenada y regulada al continente.

Este flujo bidireccional amplía el alcance del proyecto más allá del corto plazo. No es solo captación de empresas, sino posicionamiento estratégico en redes globales de inversión.

Más que zonas francas, un termómetro económico

El verdadero impacto del modelo IFZA no se medirá únicamente en número de empresas registradas, sino en calidad del empleo generado, sofisticación de los servicios exportados y capacidad de integración con la economía local. Si el esquema logra atraer compañías de base tecnológica, servicios profesionales avanzados y emprendimientos con proyección regional, Panamá habrá dado un paso relevante en la diversificación de su matriz de inversión.

En ese sentido, la nueva zona franca funciona también como un termómetro. Mide hasta qué punto el país está listo para competir en la economía del conocimiento y no solo en la del tránsito. La apuesta está hecha. Ahora, el mercado dirá si Panamá logra consolidarse como un hub de inversión inteligente.