La relación entre China y Rusia suele presentarse como uno de los grandes ejes del nuevo orden mundial. Desde Pekín y Moscú se insiste en la idea de una “amistad sin límites”, una fórmula repetida por los presidentes Xi Jinping y Vladimir Putin que busca transmitir solidez estratégica frente a Occidente. Sin embargo, detrás de esa retórica hay una historia mucho más compleja, marcada por asimetrías, recelos históricos y una interdependencia que no siempre juega a favor de ambos.

En realidad, China y Rusia cooperan porque se necesitan, no porque compartan un proyecto común de largo plazo. Esa diferencia es clave para entender por qué su relación, lejos de ser estable, está atravesada por tensiones latentes que podrían emerger con fuerza en el futuro

Una alianza que se sostiene en la asimetría

Desde la invasión rusa a Ucrania en 2022, la balanza se ha inclinado de forma clara hacia Pekín. Rusia, aislada por sanciones occidentales, ha visto cómo su dependencia económica y tecnológica de China se profundiza. El comercio bilateral se ha disparado, pero no en condiciones de igualdad. China compra materias primas a precios ventajosos, gana acceso privilegiado a un mercado debilitado y refuerza su posición como socio indispensable.

Esta relación asimétrica no es nueva, pero la guerra la ha acelerado. Moscú necesita a Pekín para sostener su economía de guerra; Pekín, en cambio, puede dosificar su apoyo sin comprometer su inserción en los mercados globales. De ahí la llamada “neutralidad prorrusa” china. Por un lado respaldo suficiente para evitar la derrota rusa, pero cuidadosamente calibrado para no provocar sanciones masivas.

En el plano discursivo, ambos países se presentan como un bloque autoritario que desafía el orden liberal. En la práctica, sus intereses divergen. Rusia apuesta por una confrontación directa y militarizada con Occidente; China prefiere erosionar el sistema desde dentro, sin romper los equilibrios que sostienen su supremacía económica.

Ucrania, Taiwán y dos lecturas del mismo conflicto

La guerra en Ucrania es un laboratorio estratégico para China. Pekín observa el conflicto no solo por su impacto europeo, sino por las lecciones que pueda extraer para Taiwán. Aquí aparece una divergencia clave. Mientras Rusia busca reducir la presencia estadounidense en Europa, China no necesariamente comparte ese objetivo. Un repliegue de Washington del continente europeo liberaría capacidades militares que podrían concentrarse en Asia-Pacífico, justo donde China no quiere más presión.

Este matiz revela que, aunque ambos países coinciden en desafiar a Estados Unidos, no lo hacen desde la misma lógica geopolítica. Rusia actúa desde la urgencia de una potencia en declive relativo; China desde la paciencia estratégica de una potencia en ascenso.

Otro de los puntos es el contraste entre la cercanía territorial y la distancia social. China y Rusia comparten casi 4.000 kilómetros de frontera, pero esa línea es más un vacío que un puente. Las infraestructuras son escasas, los intercambios humanos limitados y las percepciones mutuas están cargadas de estereotipos y desconfianza histórica.

Ambos países se conciben a sí mismos como herederos de grandes imperios. China mira al pasado del imperio Qing; Rusia enlaza su narrativa con los zares y la Unión Soviética. Estas continuidades imperiales son en gran medida construcciones simbólicas, pero influyen en la manera en que cada uno interpreta su papel en el mundo. Y ahí surge la competencia, porque son dos potencias continentales, con ambiciones expansivas, que comparten un mismo espacio euroasiático.

Cooperación sin confianza, el talón de Aquiles

La paradoja central de la relación sino-rusa es que funciona precisamente porque evita enfrentar sus contradicciones de fondo. La armonía actual se basa en una suerte de amnesia selectiva. Optan por dejar de lado disputas históricas, rivalidades en Asia Central y diferencias estratégicas, todo en nombre de un enemigo común.

Pero esa misma estrategia encierra su fragilidad. A largo plazo, la “canibalización imperial” sugiere que la superposición de ambiciones puede volverse insostenible. China no necesita una Rusia fuerte e independiente; necesita una Rusia lo suficientemente estable como para no colapsar, pero lo bastante dependiente como para no desafiar su liderazgo.

En ese escenario, la alianza entre China y Rusia se parece menos a un matrimonio estratégico y más a una convivencia forzada por las circunstancias. Funciona mientras los intereses coinciden. Cuando dejen de hacerlo, la retórica de la amistad sin límites puede revelarse como lo que realmente es, una fórmula útil, pero profundamente engañosa.