La nueva ofensiva de Donald Trump contra Europa no se libra en los mercados financieros ni en los foros diplomáticos tradicionales, sino en las aduanas. La decisión de imponer aranceles a países aliados de la OTAN, condicionados abiertamente a la “compra completa y total” de Groenlandia, marca un punto de inflexión inquietante. Para el presidente de Estados Unidos la normalización del comercio es un instrumento de anexión territorial.
Trump no disfraza sus intenciones. Los aranceles no buscan corregir desequilibrios comerciales ni proteger industrias nacionales. Son una palanca de presión política directa, diseñada para forzar concesiones soberanas. El mensaje es que quien se interponga en el camino de Washington hacia Groenlandia pagará un precio económico inmediato.
Los aranceles por Groenlandia consisten en un gravamen generalizado sobre todas las exportaciones hacia Estados Unidos procedentes de varios países europeos aliados, sin distinguir sectores estratégicos de bienes de consumo. En una primera fase, a partir del 1 de febrero, el recargo será del 10 % sobre el valor total de los productos, para luego escalar hasta un 25 % a partir del 1 de junio.
Groenlandia, un territorio estratégico convertido en rehén comercial
La insistencia de Trump en Groenlandia no es nueva, pero sí lo es la forma. El territorio autónomo, perteneciente al Reino de Dinamarca, aparece ahora como pieza central de la arquitectura militar estadounidense en el Ártico. La llamada “Cúpula Dorada” requiere control geográfico, acceso aéreo y dominio marítimo. Groenlandia ofrece todo eso.
El problema no es solo la ambición, sino el método. Al vincular aranceles con soberanía territorial, Estados Unidos rompe con décadas de retórica liberal sobre reglas, alianzas y respeto al derecho internacional. Trump eleva el chantaje económico a doctrina de política exterior.
La reacción de la Unión Europea ha sido rápida en declaraciones, lenta en hechos. Reuniones de emergencia, comunicados solemnes y llamados al diálogo se suceden, pero sin una medida económica concreta que contrarreste la ofensiva estadounidense.
Países como Francia y Suecia prometen coordinación. La Comisión Europea, encabezada por Ursula von der Leyen, insiste en evitar una escalada. Sin embargo, esa cautela roza la parálisis. La UE parece más preocupada por preservar el acuerdo comercial con Washington que por defender con firmeza a uno de sus Estados miembros.
Aranceles hoy, precedentes mañana
El mayor riesgo no es económico, sino político. Si esta estrategia prospera, se establece un precedente peligroso. A partir de ahora se podrán utilizar las tarifas comerciales para redibujar mapas. Hoy es Groenlandia. Mañana, cualquier otro territorio considerado “estratégico”.
Incluso dentro de Estados Unidos, voces republicanas advierten que esta política erosiona alianzas clave y distrae recursos de otros frentes. Pero esas críticas no frenan a Trump. Al contrario, refuerzan su narrativa de poder unilateral.
Europa, mientras tanto, exhibe su debilidad estructural. Sin una política exterior verdaderamente común y sin instrumentos de respuesta rápida, la UE queda atrapada entre la indignación retórica y la inacción práctica.
En este vacío, otros actores observan. China y Rusia no necesitan intervenir: les basta con esperar. Cada grieta transatlántica debilita el frente occidental en el Ártico y más allá. La crisis de Groenlandia demuestra que la mayor fortaleza de Trump no es su poder económico, sino la incapacidad europea para responder con la misma contundencia.
La pregunta ya no es si Trump está dispuesto a usar los aranceles como arma geopolítica. Eso ha quedado claro. La verdadera incógnita es si Europa seguirá aceptando ese juego sin mover una ficha decisiva. Porque, en este tablero, la pasividad también tiene costo.
