Durante más de dos décadas, el llamado Cartel de los Soles ha ocupado titulares mediáticos, informes y discursos políticos como si se tratara de una organización criminal perfectamente estructurada, comparable a los grandes cárteles del narcotráfico latinoamericano. Sin embargo, ahora el propio sistema judicial estadounidense “aclaró” lo que no era un secreto para nadie. No existe tal Cartel, es solo una leyenda urbana que Washington utiliza para lograr sus objetivos geopolíticos.

De mito mediático a categoría política

El origen del término Cartel de los Soles se remonta a la Venezuela de los años noventa. No nació en una investigación judicial ni en un informe de inteligencia, sino en el lenguaje periodístico local, como una forma de aludir a oficiales militares presuntamente corrompidos por el dinero del narcotráfico. El nombre hacía referencia a los soles que distinguen los rangos más altos del Ejército. Era, en esencia, una metáfora.

Con el paso del tiempo, esa metáfora fue endureciéndose. En 2020, durante el primer mandato de Donald Trump, el Departamento de Justicia de Estados Unidos incluyó el término en una acusación formal contra Nicolás Maduro. Entonces lo describió como el líder de un supuesto cártel dedicado al tráfico internacional de drogas. A partir de ahí, la expresión abandonó el terreno del argot y pasó a ocupar el centro de una estrategia jurídica y geopolítica.

La narrativa se consolidó en 2025, cuando el Departamento del Tesoro y luego el Departamento de Estado, bajo presión política, designaron al Cartel de los Soles como organización terrorista extranjera. El concepto dejó de ser un recurso periodístico para convertirse en argumento de sanciones, despliegues militares y aislamiento diplomático. El problema es que esa construcción nunca terminó de sostenerse con pruebas verificables.

El punto de quiebre llegó dos días después del secuestro de Nicolás Maduro. En una acusación presentada ante un tribunal federal de Nueva York, el Departamento de Justicia dio marcha atrás en uno de los pilares de su propio caso. Dejó de afirmar que el Cartel de los Soles fuera una organización criminal real. En lugar de ello, lo redefinió como un “sistema clientelar” y una “cultura de corrupción” dentro del aparato estatal venezolano, alimentada por el dinero del narcotráfico

La diferencia no es semántica. Un cártel, en el sentido clásico, implica estructura, mando, logística y control territorial. Un sistema de corrupción, en cambio, describe redes difusas, oportunistas y muchas veces desordenadas, sin la coherencia operativa que caracteriza a organizaciones como Sinaloa o Jalisco Nueva Generación. Al reducir el término a una descripción cultural y no organizativa, la fiscalía estadounidense reconoció implícitamente que no podía probar en juicio la existencia de un cártel con ese nombre.

Cartel de los Soles, una historia conveniente

Este reconocimiento resulta aún más significativo si se observa lo que no aparece en los informes técnicos. Ni la Drug Enforcement Administration en su Evaluación Nacional de Amenazas de Drogas, ni la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, ni los análisis de la Unión Europea mencionan al Cartel de los Soles como actor relevante del narcotráfico internacional. Venezuela, de hecho, no figura como principal país de tránsito en esos documentos.

Pese a ello, figuras políticas como Marco Rubio han seguido utilizando el término como si se tratara de una organización tangible. Esto lo hace incluso después de la corrección judicial. Esa insistencia revela que el concepto ha adquirido una vida propia, más útil en el terreno político que en el judicial.

La historia del Cartel de los Soles ilustra cómo una expresión coloquial puede transformarse en instrumento de poder. Durante años, funcionó como un atajo narrativo para simplificar la existencia de corrupción y economías ilícitas en un Estado bajo presión internacional. Hoy, cuando la propia justicia estadounidense reconoce que no existe tal cártel como entidad organizada, el mito queda al descubierto.

Eso no equivale a negar la presencia de corrupción o de tráfico de drogas. Significa que una leyenda urbana fue elevada a categoría jurídica. Y luego utilizada para justificar decisiones de enorme alcance. En ese tránsito, la precisión se perdió y la política ocupó el lugar de la prueba. El Cartel de los Soles, tal como fue presentado al mundo, no era un cártel. Era una historia conveniente.