La eliminación de Egipto ante Argentina fue otro capítulo de una Copa Mundial que parece haber perdido la confianza en sus árbitros, en su tecnología y en la manera en que la FIFA administra las decisiones más delicadas del torneo.

Egipto tenía el partido en sus manos. Ganaba 2-0 a falta de poco más de diez minutos para el final y estaba cerca de alcanzar por primera vez los cuartos de final de un Mundial. Los Faraones habían resistido, golpeado y llevado al campeón vigente a una situación límite.

Pero en diez minutos se derrumbó todo. Cristian Romero descontó en el 79, Lionel Messi empató cuatro minutos después y Enzo Fernández completó la remontada en el tiempo añadido. Argentina ganó 3-2. Egipto quedó eliminado. Y el partido, más que cerrarse con el pitazo final, se abrió como expediente de sospecha.

Un arbitraje que no salió ileso

El árbitro François Letexier no tuvo una noche limpia. Tampoco el VAR. La jugada que más encendió a Egipto fue el gol anulado a Mostafa Zico por una acción previa de Marwan Attia sobre Lisandro Martínez. Hubo contacto. Eso parece difícil de negar. El problema está en el criterio.

Durante este Mundial, los árbitros han recibido la orientación de permitir más contacto físico para favorecer el ritmo de los partidos. Las cifras apuntan en esa dirección, con menos faltas por encuentro que en las ediciones anteriores. Entonces surge una pregunta incómoda. Si el torneo permite ese tipo de fricción en muchas zonas del campo, ¿por qué el VAR decidió intervenir con tanto rigor en una acción que terminó anulando un gol egipcio?

La explicación técnica puede sostenerse. La falta se produjo en el inicio de la fase ofensiva y, por tanto, podía ser revisada. Pero el fútbol no vive solo de explicaciones reglamentarias. Vive también de coherencia. Y ahí es donde la actuación arbitral queda tocada.

La otra jugada decisiva llegó antes del tercer gol argentino. Egipto reclamó una falta dentro del área. El VAR no intervino. La razón técnica también existe y es que el umbral para señalar un penalti es más alto que el de una falta previa a un gol. Pero para un equipo que acaba de ver cómo le anulaban una acción por un contacto leve, esa diferencia resulta difícil de aceptar.

La queja egipcia no nace en el vacío. Este Mundial acumula señales de desgaste arbitral. Federaciones, expertos y entrenadores han cuestionado decisiones recientes. La FIFA, además, arrastra un problema de credibilidad agravado por episodios anteriores, como la suspensión retirada a Folarin Balogun tras la intervención pública de Donald Trump.

Cuando una organización transmite la idea de que sus normas pueden doblarse bajo presión externa, cualquier decisión posterior queda contaminada. Incluso las que tienen explicación reglamentaria. Ese es el daño mayor. No es solo que el VAR falle o acierte. Es que cada silencio, cada revisión omitida y cada criterio cambiante se interpreta ahora como parte de una trama.

Egipto llevó esa sospecha al extremo. Su seleccionador, Hossam Hassan, insinuó que existía interés en mantener a Messi y al campeón mundial en competencia. Zico fue más lejos y habló de un torneo amañado. Son acusaciones graves, emocionalmente comprensibles, pero peligrosas si sustituyen el análisis por la indignación.

La parte del escándalo en el Mundial que Egipto no puede esquivar

El arbitraje merece ser discutido. La tecnología también. La FIFA debe explicar mejor por qué el VAR interviene en unas jugadas y se inhibe en otras. Pero cargar toda la derrota sobre el árbitro sería una salida incompleta para Egipto.

Un equipo que gana 2-0 en el minuto 78 no puede permitir tres goles en diez minutos y explicar todo desde la injusticia. Egipto se encerró, perdió control emocional, defendió cada vez más cerca de su área y dejó que Argentina oliera sangre. Ahí también se perdió el partido, porque renunció a disputar los últimos minutos con la misma personalidad que había mostrado antes.

Esa es la lectura más dura, pero también la más honesta. Egipto pudo ser perjudicado por decisiones discutibles y, al mismo tiempo, ser responsable de su colapso. Ambas cosas pueden convivir.

Una derrota que desnuda al Mundial

El Argentina-Egipto deja una imagen amarga. Un equipo africano rozó la historia, se sintió despojado y terminó convertido en símbolo de una crisis más amplia. Argentina avanzó, pero no escapó de la sombra de la sospecha. La FIFA, una vez más, quedó obligada a defender no solo una decisión, sino todo un sistema.

El VAR nació para reducir la injusticia. En este Mundial, demasiadas veces parece estar ampliando la duda. Y cuando la tecnología no aclara, cuando el criterio cambia y cuando la autoridad no convence, el fútbol queda atrapado en su peor escenario, en el que ya no se discute solo quién jugó mejor, sino quién fue autorizado a ganar.