Rusia busca convertir la energía nuclear compacta en una pieza central de su estrategia para operar en territorios extremos. Especialistas del grupo científico-técnico Rubezhi Nauki desarrollan pequeños reactores nucleares modulares que podrían utilizarse en misiones a la Luna, despliegues orbitales, exploración del espacio profundo, investigaciones en el Ártico y explotación de yacimientos remotos.

El proyecto fue presentado durante el foro internacional Innoprom 2026 por Iliá Chej, director general de Rubezhi Nauki. Según explicó, la iniciativa apunta a producir reactores modulares en serie, con una potencia aproximada de 170 megavatios eléctricos. Esa capacidad bastaría para abastecer una ciudad pequeña y, en el escenario más ambicioso planteado por los desarrolladores, incluso una base lunar.

La propuesta combina tres elementos que explican su alcance. Primero, su tamaño reducido, alta capacidad energética y posibilidad de fabricación industrial. Los reactores estarían diseñados en un formato equivalente al de un contenedor de transporte estándar, lo que facilitaría su traslado hacia zonas remotas o plataformas especializadas. No se trata, por tanto, de una central nuclear convencional reducida en escala, sino de una tecnología pensada para operar donde la infraestructura eléctrica tradicional no existe o resulta insuficiente.

Reactores nucleares para territorios extremos

El interés ruso por estos reactores responde a una necesidad concreta. Tanto el espacio como el Ártico exigen fuentes de energía estables, potentes y relativamente autónomas. En una misión lunar, la electricidad no solo sirve para iluminar instalaciones. También sostiene sistemas de comunicación, equipos científicos, vehículos, procesos de soporte vital y operaciones prolongadas lejos de la Tierra.

En el Ártico, el problema es distinto, pero la lógica es parecida. Las bajas temperaturas, la distancia respecto a los grandes centros urbanos y la dificultad para construir redes energéticas convierten cada solución compacta en una ventaja operativa. Un reactor modular podría alimentar investigaciones, apoyar instalaciones industriales o facilitar la explotación de depósitos en lugares donde depender de combustibles transportados desde lejos encarece y limita cualquier operación.

De acuerdo con Chej, un pequeño equipo de físicos ya diseñó una de estas unidades. La siguiente fase será llevar el desarrollo a producción masiva. El objetivo óptimo mencionado por el directivo es fabricar un reactor al día, una meta que muestra hasta dónde llega la ambición industrial del proyecto.

Ese punto es clave. Rusia no está presentando los pequeños reactores modulares como piezas experimentales aisladas, sino como una posible plataforma repetible. Si el plan avanza, la producción en serie permitiría desplegar unidades en diferentes escenarios: misiones espaciales, bases científicas, operaciones árticas o proyectos de extracción en territorios alejados.

El proyecto también descansa sobre una convicción expresada por Chej, en la que Rusia considera que su industria nuclear sigue siendo uno de sus sectores más fuertes. Desde esa lectura, la energía nuclear compacta aparece como una extensión natural de capacidades ya existentes y como una vía para sostener liderazgo tecnológico en áreas donde otros países también compiten.

El desarrollo de estos reactores se conecta con otro programa relevante. El 1 de abril, Dmitri Bakánov, jefe de Roscosmos, anunció la finalización del diseño preliminar de Nuklon, un complejo espacial basado en una central nuclear. Nuklon forma parte del proyecto Zevs, concebido como un remolcador nuclear para misiones al espacio profundo.

El contrato para el diseño preliminar de Nuklon fue firmado en diciembre de 2020 entre Roscosmos y la oficina de diseño Arsenal. Su valor superó los 4.170 millones de rublos, equivalentes a unos 53,6 millones de dólares.

La importancia de un remolcador nuclear radica en su posible papel para misiones de largo alcance. En el espacio profundo, el desafío no consiste solo en lanzar una nave, sino en garantizar potencia suficiente durante trayectos prolongados y operaciones complejas. La energía nuclear ofrece una respuesta para misiones que requieren más autonomía que las soluciones convencionales.

Ártico entra en la competencia tecnológica

El mismo tipo de reactor que podría alimentar una base lunar también tendría utilidad en el Ártico. Esa doble aplicación explica el valor geopolítico del proyecto. Rusia intenta desarrollar una tecnología capaz de servir en dos frentes estratégicos al mismo tiempo: la expansión espacial y la consolidación de capacidades en regiones polares.

Chej incluso mencionó la posibilidad de cooperación con China y Estados Unidos en la exploración del espacio profundo. Esa referencia muestra que el proyecto puede moverse entre la colaboración científica y la competencia tecnológica. En ambos casos, el país que domine la fuente de energía conserva una posición ventajosa.

El contexto económico también favorece la apuesta. La inversión privada rusa en el sector espacial podría superar los 100.000 millones de rublos, unos 1.300 millones de dólares, hacia 2030. Al mismo tiempo, el mercado mundial de pequeños reactores modulares fue valorado en 5.960 millones de dólares en 2025 y podría crecer hasta 8.770 millones en 2034.

Rusia quiere llegar a esa carrera con una ventaja, la de convertir su experiencia nuclear en una tecnología compacta, transportable y útil para los lugares más difíciles del planeta y fuera de él. El desafío será demostrar que puede pasar del diseño y los anuncios a una fabricación segura, sostenida y realmente operativa. Pero el mensaje es que para Moscú, la próxima frontera no dependerá solo de cohetes o rompehielos. Sino de quién sea capaz de llevar energía donde casi nadie puede instalarla.