La relación entre Marruecos y España atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. No hay tanques en la frontera ni ultimátum públicos, pero el conflicto territorial sigue latiendo bajo la superficie, alimentado por una geopolítica internacional fracturada, por ambiciones estratégicas de largo plazo y por decisiones diplomáticas que han reconfigurado equilibrios históricos.

El tablero no se limita a Ceuta y Melilla. Hoy incluye aguas, cielos y fondos marinos del Atlántico, con Canarias en el centro de una disputa que combina derecho internacional, recursos estratégicos y presión política indirecta.

Un conflicto que nunca desapareció

Las tensiones entre Madrid y Rabat no son nuevas. Han avanzado siempre a golpes de ciclos, entre crisis, deshielo, cooperación pragmática y nueva fricción. El núcleo histórico ha sido el Sáhara Occidental, un territorio pendiente de descolonización según Naciones Unidas y convertido por Marruecos en pieza clave de su estrategia regional.

El giro diplomático de España en 2022, al respaldar el plan marroquí de autonomía para el Sáhara, alteró profundamente el equilibrio. Rabat interpretó ese respaldo como una victoria política que abría la puerta a nuevas reivindicaciones, ya no solo terrestres, sino marítimas y aéreas.

Para Marruecos, Ceuta y Melilla siguen siendo anomalías coloniales. Para España, son territorios plenamente soberanos y protegidos por la Unión Europea y la OTAN. El contraste jurídico es total, pero el conflicto rara vez se expresa en términos militares. La presión se ejerce por otras vías, desde la diplomacia asimétrica, control migratorio hasta la narrativa mediática.

Sin embargo, limitar el problema a estas dos ciudades sería un error de lectura. El verdadero frente se ha desplazado al mar.

El Atlántico como nuevo campo de batalla

La delimitación marítima es hoy el eje más sensible. Marruecos aprobó de forma unilateral leyes para extender su Zona Económica Exclusiva hacia aguas próximas a Canarias y a las costas saharauis. El movimiento, aunque cuestionado internacionalmente, tiene efectos prácticos.

En ese espacio emerge el Monte Tropic, un monte submarino con potenciales reservas de telurio, cobalto y tierras raras. Minerales críticos para la transición energética y la industria tecnológica global. Controlar ese punto significa ganar peso estratégico en el Atlántico del futuro.

La propuesta marroquí de crear zonas de desarrollo conjunto suena cooperativa, pero para muchos actores canarios implica legitimar una reclamación previa. Ceder antes de negociar.

Canarias no es un territorio periférico cualquiera. Es una región ultraperiférica de la UE, un nodo logístico natural entre Europa, África y América, y una frontera avanzada del espacio europeo. Cualquier alteración en su entorno marítimo o aéreo tiene impacto directo en seguridad, economía y medioambiente.

A esto se suma el control del espacio aéreo sobre el Sáhara Occidental, gestionado desde Gran Canaria desde los años setenta. Marruecos lleva tiempo reclamando esa competencia. No es un asunto técnico, sino soberanía, control estratégico y equilibrio militar en el flanco sur de la OTAN.

Presión sin guerra, la estrategia híbrida de Marruecos

Nadie prevé un conflicto bélico clásico entre Marruecos y España. El coste sería inasumible para ambas partes. Pero la geopolítica moderna no necesita invasiones. Migración utilizada como instrumento de presión, maniobras militares cercanas, ampliaciones legales unilaterales y campañas mediáticas forman parte de una estrategia híbrida cada vez más visible.

El contexto internacional, marcado por guerras abiertas y un orden global debilitado, con Donald Trump en la Casa Blanca, reduce la capacidad de reacción coordinada y amplía el margen de maniobra de potencias regionales como Marruecos.

España se mueve entre dos necesidades contradictorias. Por un lado, mantener una relación estable con su principal socio en el norte de África, clave para comercio, migración y seguridad. Por otro, defender su integridad territorial y los intereses específicos de Canarias sin convertirlos en moneda de cambio.

La opacidad de algunas cumbres bilaterales y la exclusión del archipiélago de la mesa de negociación alimentan la sensación de vulnerabilidad. No es solo una cuestión de soberanía, sino de participación democrática en decisiones que afectan directamente al territorio.

El conflicto Marruecos-España no se resolverá con gestos simbólicos ni comunicados diplomáticos. Es estructural. Involucra derecho internacional, recursos estratégicos, equilibrios regionales y la cuestión saharaui, que sigue sin solución justa y consensuada.

Separar la defensa de Canarias del respeto a los derechos del pueblo saharaui es una ilusión peligrosa. Ambas dimensiones están entrelazadas. Lo que está en juego no es solo una frontera marítima, sino la credibilidad del derecho internacional en una región clave del Atlántico.

El pulso continúa. Silencioso, técnico, político. Pero profundamente estratégico.