Cuba acaba de poner en circulación un billete de 20.000 pesos, la mayor denominación emitida hasta ahora en el país. La decisión llega cuando la inflación oficial vuelve a acelerarse, los alimentos cuestan un 36% más que hace un año y cada vez hacen falta mayores cantidades de moneda nacional para cubrir gastos cotidianos. El nuevo papel no causa la inflación en Cuba, pero ofrece una imagen difícil de ignorar de cuánto valor ha perdido el peso.

La inflación interanual alcanzó el 25,19% en agosto y los precios aumentaron 4,92% solo durante ese mes, según datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información. En febrero, la tasa interanual estaba en 12,33%. Seis meses después, el ritmo de aumento de los precios era más del doble.

El golpe más fuerte aparece precisamente donde resulta más difícil recortar gastos. Los alimentos y las bebidas no alcohólicas subieron 36,01% en doce meses. Restaurantes y hoteles aumentaron 35,74%, el transporte 25,03% y los servicios asociados a la vivienda 20,99%.

Para una familia cuyos ingresos permanecen prácticamente estancados, esa combinación obliga a dedicar una proporción creciente del presupuesto a comer, transportarse y mantener el hogar.

De 1.000 a 20.000 pesos muestran la inflación en Cuba

La transformación del efectivo cubano permite observar la velocidad del deterioro monetario.

En marzo comenzaron a circular billetes de 2.000 y 5.000 pesos. Ahora se incorporaron los de 10.000 y 20.000. El Banco Central de Cuba argumenta que las nuevas denominaciones responden a una mayor demanda de efectivo y facilitan operaciones que obligaban a utilizar numerosos billetes de menor valor.

La explicación técnica es válida porque poner en circulación un billete de mayor denominación no significa necesariamente aumentar la cantidad total de dinero. Un billete de 20.000 pesos puede sustituir veinte de 1.000 sin modificar por ello la masa monetaria.

Pero la pregunta más reveladora es por qué la economía necesita ahora esa denominación.

La respuesta está en los precios. Operaciones que años atrás podían resolverse con unos pocos billetes requieren hoy decenas de miles de pesos. La actualización del cono monetario termina adaptándose a una realidad que ya había cambiado en mercados, comercios y servicios.

El 25,19% oficial tampoco describe necesariamente toda la presión que soportan los consumidores.

El índice de precios se concentra en el mercado formal y no refleja completamente las operaciones realizadas en circuitos informales, fundamentales para acceder a determinados alimentos, medicamentos, divisas y productos importados.

La depreciación del peso amplifica el problema. Muchos productos vendidos dentro del país incorporan costos en dólares o euros, ya sea porque son importados o porque dependen de materias primas, combustible o insumos comprados fuera de Cuba. Cuando el peso pierde valor frente a las divisas, reponer esos productos exige más moneda nacional y el aumento termina trasladándose al precio final.

A esa presión se añaden los apagones, la falta de combustible y los problemas de abastecimiento, en un contexto marcado por fortísimas sanciones de Washington y un recrudecimiento del embargo.

La aparición de billetes de 10.000 y 20.000 pesos abre otra pregunta, ¿qué viene después si los precios continúan avanzando a este ritmo? Muchos cubanos han bromeado en las redes sociales sobre la próxima aparición de un billete de 1 millón de pesos.

El Banco Central puede adaptar el efectivo a una economía que exige cifras cada vez mayores, pero esa adaptación no corrige las causas de fondo. Mientras la producción no se recupere, la oferta siga limitada y el peso continúe debilitándose, la inflación en Cuba seguirá marcando la vida económica del país mucho más que cualquier nueva denominación.