Los multimillonarios ya no se limitan a diversificar sus inversiones entre acciones, propiedades, oro o empresas tecnológicas. Una parte de las grandes fortunas está incorporando terrenos remotos, refugios subterráneos y complejos autosuficientes capaces de funcionar como búnkeres capaces de soportar una guerra nuclear.

La lógica mezcla geopolítica y patrimonio. Una guerra nuclear, un colapso financiero, una catástrofe climática o incluso una caída prolongada de las grandes infraestructuras tecnológicas han dejado de ser escenarios exclusivos de novelas distópicas. Para algunos empresarios, son riesgos suficientemente plausibles como para invertir millones de dólares en prepararse.

La tendencia tampoco es nueva. Ya en 2017, Reid Hoffman, fundador de LinkedIn, aseguraba que más de la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley habían adquirido algún tipo de protección frente a un eventual apocalipsis. Casi una década después, aquella precaución parece haberse convertido en una industria.

De búnkeres privados a territorios autosuficientes

Uno de los proyectos más llamativos está en Argentina. El empresario Martín Varsavsky y cinco socios adquirieron una estancia de aproximadamente 32.000 hectáreas en Mendoza, al pie de los Andes.

La propiedad, denominada Wamani, está concebida como algo más complejo que un simple búnker. Allí se han instalado viviendas prefabricadas, domos geodésicos, paneles solares y una pista aérea. También existe un proyecto para desarrollar producción ganadera y ampliar la capacidad de generar alimentos. La inversión ya ronda los 10 millones de dólares.

La apuesta responde a una lógica geopolítica concreta. Varsavsky considera que Argentina y el Cono Sur ofrecerían ventajas ante una eventual guerra nuclear por su distancia de los principales objetivos militares y por su capacidad para producir energía y alimentos.

Incluso la tecnología forma parte de la estrategia de supervivencia. Los propietarios estudian instalar grandes modelos de inteligencia artificial en computadoras locales alimentadas mediante energía solar. La idea sería conservar una especie de ecosistema informativo propio, aunque desaparecieran las conexiones con los grandes servidores globales.

Pero ni siquiera 32.000 hectáreas garantizan inmunidad. Wamani enfrenta fuertes vientos zonda, necesidades importantes de climatización y posibles problemas futuros relacionados con la disponibilidad de agua.

La versión europea de esta carrera por la seguridad tiene un perfil diferente. En los Alpes suizos, Brünig Mega Safe está excavando una enorme infraestructura bajo la roca para construir hasta 25 búnkeres privados.

Aquí la supervivencia personal se mezcla directamente con la protección del patrimonio. Las bóvedas están diseñadas para conservar oro, joyas, obras de arte, vino y vehículos de lujo. Algunas también pueden incorporar espacios privados destinados a sus propietarios. El precio de entrada ronda el millón de francos suizos y los espacios pueden adquirirse mediante arrendamientos de hasta 99 años con registro de propiedad.

Suiza lleva décadas aprovechando antiguos refugios militares y espacios excavados en sus montañas para almacenar bienes de enorme valor. La diferencia es que ahora la incertidumbre internacional está reforzando la demanda de estas instalaciones.

Cuando sobrevivir también depende del patrimonio

Mark Zuckerberg en Hawái, Peter Thiel en Nueva Zelanda y Varsavsky en Argentina representan distintas versiones de una misma estrategia que es la de dispersar riesgos mediante territorio, infraestructura y autonomía. El fenómeno revela además una profunda desigualdad.

Ante una crisis global, millones de personas dependerían de sistemas públicos de emergencia, cadenas de suministro vulnerables y servicios básicos sometidos a una enorme presión. Una elite económica, en cambio, puede comprar tierras remotas, energía propia, agua, alimentos, transporte aéreo y refugios fortificados.

Por eso estas inversiones dicen tanto sobre quienes las realizan como sobre el mundo que temen. Los multimillonarios que construyen búnkeres no saben si llegará una Tercera Guerra Mundial ni si ocurrirá un colapso global. Lo que sí saben es que pueden pagar por estar preparados. Y esa posibilidad, reservada a muy pocos, quizá sea la parte más inquietante de toda esta carrera hacia el subsuelo.