La destitución de Alfredo López Valdés al frente de la Unión Eléctrica no resuelve el problema de fondo de la crisis energética en Cuba. Apenas lo desplaza de lugar. El funcionario sale de la dirección general de la UNE en uno de los momentos más críticos del sistema cubano. Pero no abandona el sector, sino que pasa al Ministerio de Economía y Planificación como director de energía. Desde esta posición deberá mirar no solo la electricidad, sino también el combustible, la planificación y la distribución de un recurso cada vez más escaso.
El movimiento tiene una lectura política, económica y social. En lo político, el gobierno cubano intenta mostrar reacción ante el malestar acumulado por los prolongados apagones; mientras que, en lo económico, reconoce que la crisis energética ya no puede tratarse como un problema técnico de generación, sino como un asunto central de la planificación nacional. En lo social, confirma algo que millones de cubanos conocen demasiado bien y es que la vida cotidiana depende de una red eléctrica frágil, envejecida y sometida a déficits cada vez más difíciles de administrar.
Un cambio de mando que ya vimos antes
La salida de López Valdés recuerda inevitablemente lo ocurrido en 2022. Entonces, tras el apagón nacional asociado al huracán Ian y en medio de protestas por la demora en restablecer el servicio, el gobierno cubano sustituyó al ministro de Energía y Minas, Liván Arronte Cruz, y también removió al entonces director de la UNE. En su lugar llegó precisamente Alfredo López Valdés.
Cuatro años después, el país vuelve a estar en un punto parecido, pero con una crisis energética todavía más fuerte. Aquella sustitución no corrigió los problemas estructurales del sistema. Las termoeléctricas continuaron acumulando averías, los mantenimientos siguieron condicionados por la falta de recursos, el combustible se volvió más escaso y los apagones dejaron de ser una contingencia para convertirse en parte del paisaje nacional.
Por eso, la pregunta no es solo quién dirige la UNE. La pregunta real es qué margen de maniobra tiene cualquier directivo cuando la matriz energética depende de plantas obsoletas, importaciones de combustible inciertas, en medio de un bloqueo energético impuesto por la Administración Trump, financiamiento limitado y una economía sin liquidez suficiente para sostener inversiones de gran escala.
López Valdés deja la UNE en un escenario extremadamente delicado. En 2026 se han registrado colapsos totales del sistema eléctrico nacional y episodios de inestabilidad que muestran hasta qué punto la red opera sin reservas suficientes. En este escenario, desde la orden ejecutiva de Trump que impuso un cerco casi total a la entrada de combustible a Cuba, solo un petrolero ruso ha podido llevar barriles de crudo a Cuba en más de cuatro meses.
El relevo de López Valdés será Rubén Campos Olmo, hasta ahora vinculado a la Central Termoeléctrica Antonio Guiteras, una de las plantas más importantes del país, pero también una de las más golpeadas por averías recurrentes. Su nombramiento contiene una paradoja evidente, porque llega a dirigir el sistema nacional alguien asociado a una instalación clave que, durante años, ha simbolizado tanto la capacidad estratégica como la vulnerabilidad extrema de la generación termoeléctrica cubana.
Durante la gestión de López Valdés se instalaron más de 50 parques fotovoltaicos y se alcanzaron 1.000 MW de capacidad solar en un año. Ese dato importa, porque muestra que sí ha habido movimiento en el frente renovable. Pero también revela sus límites. La energía solar puede aliviar, diversificar y reducir dependencia, pero no compensa de inmediato el deterioro de las termoeléctricas ni resuelve la falta de combustible en horarios de alta demanda, noches o jornadas de baja generación renovable.
La economía cubana enfrenta no solo una enorme crisis energética
El apagón no es solo oscuridad. Es inflación y pérdida de productividad. Es comida que se echa a perder, transporte irregular. En Cuba, cada hora sin electricidad tiene un costo económico que rara vez aparece completo en las estadísticas.
La crisis energética golpea a una economía ya presionada por la escasez de divisas, el bajo poder adquisitivo y la depreciación del peso. Si el dólar en el mercado informal se cotiza alrededor de 530 CUP, cualquier reparación, insumo importado o pieza de repuesto se vuelve mucho más costosa. También se encarece la vida diaria, desde los alimentos, transporte privado, productos de aseo, medicamentos hasta servicios que de una forma u otra terminan calculándose con referencia al mercado paralelo.
El salario en pesos pierde capacidad de respuesta frente a precios que se mueven con lógica dolarizada. Para una familia, comprar aceite, pollo, leche en polvo o detergente puede implicar cálculos diarios. Para un pequeño negocio, mantener refrigeradores, plantas eléctricas o baterías supone gastos casi imposibles. La electricidad, en ese contexto, deja de ser un servicio público más. Se convierte en una condición mínima para sobrevivir económicamente.
La frase atribuida a López Valdés sobre poner “la poca” energía disponible “en el mejor de los lugares” resume la dimensión del problema. Cuba no está administrando abundancia, sino escasez. Y cuando un país llega a ese punto, la planificación se convierte en reparto de daños.
El gobierno cubano puede cambiar ministros, directores y estructuras. Puede mover cuadros de la UNE al Ministerio de Economía o de una termoeléctrica al mando nacional. Pero el desafío sigue siendo reconstruir capacidad de generación, asegurar combustible, modernizar redes, sostener inversiones renovables y recuperar confianza ciudadana.
La experiencia de 2022 dejó una lección clara. Cambiar nombres no basta cuando el sistema que produce la crisis permanece intacto. Hoy, con apagones prolongados, un peso debilitado y una población exhausta, la destitución de Alfredo López funciona menos como solución que como síntoma. Cuba no está solo ante una crisis energética. Está ante una crisis económica que se mide, cada día, por la cantidad de horas que el país pasa a oscuras.
