El gasto militar mundial alcanzó en 2025 un récord histórico cercano a los 2,9 billones de dólares y confirmó que la seguridad internacional ha entrado en una fase de rearme sostenido, cada vez más costosa, tecnológica y difícil de revertir. El aumento de 2,9% respecto a 2024 no fue un salto aislado, sino el undécimo año consecutivo de crecimiento.
En términos políticos, el dato revela mucho más que una carrera presupuestaria. Muestra un mundo que se prepara menos para administrar la paz que para competir desde la fuerza. En 2026 es fácilmente predecible que el gasto bélico, tras tantos conflictos simultáneos, volverá a romper el récord.
La cifra global impresiona por sí sola, pero resulta todavía más reveladora cuando se observa su peso sobre la economía mundial. El gasto militar llegó al 2,5% del PIB global, el nivel más alto desde 2009. Esa proporción habla de prioridades. En un planeta atravesado por crisis fiscales, desigualdad, inflación, transición energética pendiente y sistemas sociales bajo presión, los Estados están encontrando espacio político y financiero para destinar más recursos a defensa.
El regreso del rearme como política de Estado
Estados Unidos, China y Rusia concentraron juntos el 51% del gasto militar mundial. Esa concentración confirma que la arquitectura de seguridad global sigue girando alrededor de las grandes potencias, aunque el nuevo ciclo de rearme ya no se limita a ellas. Washington continuó como el mayor inversor militar, con 954.000 millones de dólares, pese a una caída de 7,5% frente al año anterior.
Esa reducción, sin embargo, no debe interpretarse como una señal de desescalada. La baja estuvo relacionada, sobre todo, con la ausencia de nuevos paquetes de ayuda militar a Ucrania durante 2025. El propio horizonte presupuestario estadounidense apunta en otra dirección, ya que el gasto aprobado para 2026 supera el billón de dólares y podría crecer todavía más en 2027. Es decir, la pausa parece menos una corrección estratégica que una respiración temporal dentro de una tendencia expansiva.
Europa fue el gran motor del aumento global. El continente destinó 864.000 millones de dólares a defensa en 2025, un crecimiento interanual de 14%. La guerra en Ucrania, ya en su cuarto año, y la percepción de que Estados Unidos puede no sostener indefinidamente el mismo nivel de compromiso estratégico han transformado el debate europeo.
Durante décadas, buena parte de Europa construyó su seguridad bajo el paraguas militar estadounidense. Ese consenso se está rompiendo. Los países europeos de la OTAN registraron su mayor ritmo de crecimiento del gasto militar desde 1953. No se trata solo de comprar más armas, sino de modificar una cultura política que durante años asumió que la defensa podía delegarse parcialmente.
Alemania simboliza ese giro. En 2025 se convirtió en el cuarto país del mundo por gasto militar, después de incrementar su presupuesto 24%. España también cruzó un umbral político significativo, porque duplicó su gasto militar y superó el 2% del PIB por primera vez desde 1994.
Ucrania y Rusia, economías condicionadas por la guerra
El caso de Rusia y Ucrania muestra el costo extremo de esa dinámica. Rusia elevó su gasto militar a 190.000 millones de dólares, equivalente al 7,5% de su PIB. Ucrania, por su parte, incrementó su gasto 20%, hasta 84.100 millones de dólares, una cifra equivalente al 40% de su PIB.
Ese contraste es brutal. Para Ucrania, la defensa no es una partida presupuestaria más, sino una condición de supervivencia nacional. Para Rusia, el gasto militar confirma el peso creciente de la guerra sobre su economía. En ambos casos, la militarización deja de ser coyuntural y empieza a organizar decisiones productivas, fiscales e industriales.
La carrera no se limita al Atlántico ni a Europa del Este. Asia-Oceanía registró un crecimiento de 8,5%, el mayor desde 2009. China acumuló 31 años consecutivos de aumento del gasto militar, una continuidad que la convierte en el actor más persistente de la modernización militar regional.
Japón, India y Pakistán también contribuyeron al alza. Sus incrementos muestran una región donde la competencia estratégica, las tensiones fronterizas y la percepción de vulnerabilidad están empujando a varios Estados a reforzar sus capacidades.
En Oriente Medio, el gasto total se mantuvo casi estable, pero esa estabilidad es engañosa. Israel redujo su gasto 4,9% en 2025, aunque siguió 97% por encima de los niveles de 2022. Irán también registró una caída, pero tras la guerra contra Estados Unidos e Israel, su gasto militar en 2026 se disparó.
El gasto militar entra en una nueva edad dorada
El rearme no solo se expresa en presupuestos nacionales. También está reconfigurando la industria, la innovación y las finanzas. En Europa crece el capital de riesgo dirigido a empresas emergentes de defensa, mientras los gobiernos buscan acelerar compras, coordinar producción y fortalecer capacidades tecnológicas.
La defensa espacial aparece como otro frente decisivo. Satélites, vigilancia, mando, control y sistemas comerciales asociados a seguridad se están convirtiendo en piezas centrales de la competencia militar. La guerra futura no se prepara únicamente en tierra, mar y aire. También se diseña en órbita, en laboratorios, en fondos de inversión y en cadenas industriales cada vez más militarizadas.
La pregunta de fondo no es si los Estados tienen derecho a defenderse. La cuestión es qué ocurre cuando el rearme deja de ser respuesta excepcional y se convierte en política permanente. El récord de 2025 sugiere que el mundo ha entrado en una etapa donde la seguridad se mide cada vez más por la capacidad de gastar. Y esa lógica, aunque prometa protección, también puede terminar alimentando el mismo clima de amenaza que dice contener.
