La política exterior de Donald Trump ha entrado en una fase de confrontación directa, sin ambigüedades ni diplomacia de cortesía. Tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, Washington activó una cadena de advertencias que desbordó rápidamente el caso venezolano. El mensaje fue que lo ocurrido puede repetirse.

Lejos de tratarse de declaraciones aisladas, las amenazas configuran una doctrina. América Latina, África y hasta el Ártico aparecen en el radar de una Casa Blanca que vuelve a hablar en términos de control, castigo y disuasión. Trump no advierte en voz baja. Lo hace de cara a las cámaras y con un lenguaje diseñado para impactar tanto fuera como dentro de Estados Unidos.

Venezuela funcionó como demostración práctica. Trump no solo defendió la operación, también la presentó como advertencia general. Cualquier gobierno que, a juicio de Washington, ponga en riesgo intereses estadounidenses podría enfrentar consecuencias similares. El derecho internacional queda relegado. La unilateralidad vuelve a ocupar el centro del escenario.

Analistas coinciden en que esta estrategia busca imponer costos políticos antes incluso de desplegar tropas. La amenaza, en sí misma, se convierte en herramienta de poder.

Recopilación de amenazas de Trump

Trump volvió a señalar a México como vía principal del narcotráfico hacia Estados Unidos. Aseguró que los cárteles son demasiado poderosos y que su Gobierno “tendrá que hacer algo”. Incluso deslizó la posibilidad de apoyo militar directo.

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió con firmeza. Reivindicó la cooperación bilateral, pero dejó claro que México no aceptará intervención extranjera. Su frase sintetizó la postura oficial: cooperación sí, subordinación no.

Con Colombia, el tono fue más agresivo. Trump atacó personalmente al presidente Gustavo Petro, acusándolo de tolerar la producción de cocaína. Ante la posibilidad de una acción estadounidense, respondió con un inquietante “me suena bien”.

Petro rechazó las acusaciones y defendió las operaciones contra el narcotráfico. Aunque expertos consideran improbable una intervención inmediata, coinciden en que Bogotá ya no puede descartar escenarios que antes parecían impensables.

Cuba apareció de forma explícita en el discurso de Trump. Según el presidente estadounidense, una intervención militar no sería necesaria porque el país “está listo para caer”. Afirmó que la isla ha perdido su principal fuente de ingresos tras la caída del suministro petrolero venezolano y sugirió un colapso inminente.

Desde La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel respondió con un mensaje de resistencia. Reivindicó la alianza con Venezuela y denunció la retórica de asfixia económica. Paralelamente, el secretario de Estado Marco Rubio calificó al Gobierno cubano como “un gran problema”, reforzando la idea de que Cuba sigue siendo un objetivo estratégico para Washington.

Aunque menos visible en los últimos días, Nicaragua continúa bajo la lupa estadounidense. Las advertencias previas sobre sanciones, aislamiento y medidas más duras cobran nuevo peso tras el precedente venezolano.

En África, Trump justificó ataques contra posiciones del ISIS en Nigeria alegando la protección de cristianos perseguidos. La narrativa simplificó un conflicto complejo y sirvió para amenazar con nuevas acciones si el Gobierno nigeriano no controlaba la violencia.

El presidente Bola Tinubu optó por desescalar. Presentó los bombardeos como cooperación bilateral y aceleró acuerdos de seguridad con Washington.

La advertencia más simbólica fue dirigida a Groenlandia. Trump reiteró que Estados Unidos “necesita” la isla por razones de seguridad nacional, citando la presencia rusa y china en el Ártico.

Desde Nuuk, la respuesta fue tajante. Groenlandia no está en venta. Dinamarca respaldó esa posición, pero el mensaje dejó claro que Trump concibe el tablero geopolítico como una disputa directa por territorios clave.

Las amenazas de Trump no son retórica vacía. Están respaldadas por hechos recientes. Venezuela marcó un punto de inflexión. México y Colombia observan con cautela. Cuba resiste bajo presión. Nigeria negocia. Groenlandia rechaza.

El problema ya no es si Trump está dispuesto a actuar. Es cuántos gobiernos están preparados para el momento en que la advertencia deje de ser palabra y se convierta en acción.