El inicio de 2026 encuentra al sistema internacional sumido en una paradoja inquietante. Nunca hubo tantos discursos sobre seguridad y, al mismo tiempo, tan poca capacidad real para construir paz. En ese contexto, el Vaticano levantó la voz frente a un orden global cada vez más fragmentado.

En una entrevista concedida a L’Osservatore Romano, monseñor Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales del Vaticano, trazó un diagnóstico severo sobre el mundo que comienza el año. Sus palabras no se limitan a la geopolítica. Apuntan a la forma en que la humanidad ha aprendido a convivir con la guerra, el miedo y la emergencia permanente.

Durante décadas, la disuasión nuclear fue presentada como un mal necesario, una fórmula transitoria mientras se avanzaba hacia el desarme progresivo. Ese horizonte, advierte Gallagher, se fue diluyendo. Con él, también se debilitó la atención a problemas estructurales como el hambre, la pobreza, las migraciones forzadas y la defensa de los derechos humanos.

El problema no es solo la persistencia de las armas, sino la lógica que las sostiene. Cuando la seguridad se define casi exclusivamente en términos militares, todo lo que no encaja en ese marco se vuelve invisible. Las víctimas desaparecen del centro del debate. Las urgencias humanitarias pasan a segundo plano.

Un orden internacional cada vez más inestable

Lejos de un mundo multipolar ordenado, el escenario actual se caracteriza por alianzas volátiles, normas debilitadas y una creciente primacía de la fuerza sobre el derecho. Venezuela, Ucrania, Medio Oriente, el Mar Rojo, el Sahel y amplias zonas de África subsahariana ilustran esa inestabilidad crónica.

No se trata de conflictos aislados. Es un sistema que funciona bajo la lógica de la confrontación permanente, donde el miedo se convierte en criterio político y el adversario es reducido a una amenaza abstracta.

En este escenario, el Vaticano no pretende ocupar un lugar de poder. Su apuesta es distinta. Como recuerda Gallagher, la Santa Sede se concibe a sí misma como una “centinela en la noche”, una voz que se niega a aceptar la guerra como normalidad.

Esa posición explica su credibilidad como mediadora. No surge de intereses estratégicos, sino de una insistencia constante en la dignidad humana, incluso cuando el contexto empuja hacia la resignación.

Uno de los ejes más preocupantes del análisis del Vaticano es el papel del lenguaje. Hoy, las palabras no solo describen los conflictos. Muchas veces los anticipan, los legitiman y los hacen inevitables.

La simplificación extrema, la demonización del adversario y la exaltación del miedo crean un clima donde la paz deja de ser pensable. El compromiso se percibe como traición. El diálogo, como debilidad. En ese terreno, la diplomacia pierde margen de acción incluso antes de comenzar.

Emergencias que se vuelven rutina según el Vaticano

Otro riesgo creciente es la normalización de la emergencia. El aumento del gasto militar convive con una alarmante pérdida de sensibilidad frente al sufrimiento humano. Conflictos prolongados, crisis climáticas, desplazamientos masivos y desigualdades estructurales dejan de conmover porque se vuelven parte del paisaje.

Gallagher advierte que, cuando la atención pública se satura, las llamadas “crisis menores” —pobreza, discriminación, corrupción, explotación— quedan relegadas al olvido, aunque sigan alimentando nuevas violencias.

Frente a este panorama, el mensaje del Papa Papa Leone XIV en la Jornada mundial por la paz 2026, insistió en que no puede haber paz entre las naciones si antes no se reconstruye la confianza dentro de las sociedades. La violencia internacional se nutre de fracturas internas, polarización social y desconfianza mutua.

Educar para la paz implica desmontar una cultura de cierre y confrontación que atraviesa tanto la política global como la vida cotidiana.

El llamado final es claro. La paz no nace de grandes discursos, sino de decisiones concretas. Reabrir canales de diálogo, respetar acuerdos existentes, impulsar acciones humanitarias conjuntas incluso entre países enfrentados, reducir desigualdades reales.

En palabras del Vaticano, el desafío para 2026 no es imaginar un mundo ideal, sino demostrar que otro camino es posible.