Durante décadas, cada conflicto en Medio Oriente ha sido leído a través de un mismo prisma, relacionado con el petróleo. Sin embargo, la guerra actual entre Estados Unidos, Israel contra Irán está revelando una transformación más profunda y peligrosa en la economía global. El impacto ya no se limita al precio del crudo. Se está filtrando hacia sectores menos visibles, pero mucho más estructurales.

El problema no es solo energético, sino sistémico. Reducir esta guerra al precio del barril de petróleo—que ya supera los 100 dólares y enriquece a pocos, como Rusia— es un error de análisis. El conflicto está golpeando simultáneamente la energía, la agricultura, las cadenas industriales y los mercados financieros. Es una crisis interconectada que revela la fragilidad de la economía global.

Un shock silencioso en el corazón de la economía global

El primer síntoma aparece lejos de los campos de batalla. En mercados agrícolas, el precio de los fertilizantes —especialmente la urea— ha comenzado a escalar con rapidez. En algunos países, los incrementos superan el 14% en lo que va de 2026, mientras los comerciantes advierten sobre restricciones en la oferta y posibles escenarios de escasez.

Detrás de esta tendencia está como factor clave la interrupción de la producción y exportación desde Medio Oriente, una región que no solo concentra petróleo, sino también una parte decisiva de los insumos que sostienen la agricultura global.

Los fertilizantes nitrogenados, base de cultivos como maíz, arroz o trigo, dependen directamente del gas natural y de derivados energéticos. Cuando el precio de la energía sube —o cuando su suministro se vuelve incierto— toda la cadena productiva entra en tensión.

Si el petróleo es el símbolo del conflicto, el Estrecho de Ormuz es su punto crítico real. Por esta ruta transita cerca del 35% de las exportaciones mundiales de urea y el 45% del azufre, insumos fundamentales para la agricultura. En términos más amplios, entre el 30% y el 33% del comercio global de fertilizantes nitrogenados depende de ese corredor marítimo.

A diferencia de la guerra en Ucrania en 2022, donde el comercio encontró rutas alternativas, aquí existe una barrera física directa. Los barcos simplemente no pueden salir. El suministro se corta y los precios reaccionan en cadena.

El encarecimiento de los fertilizantes no es un fenómeno aislado. Es el inicio de una cadena de transmisión económica que termina en el consumidor.

Los agricultores enfrentan una disyuntiva. Por un lado pueden asumir mayores costos o reducir el uso de insumos. En ambos casos, el impacto es negativo. O suben los precios de los alimentos o caen los rendimientos agrícolas.

Las estimaciones más preocupantes apuntan a que una reducción en el uso de fertilizantes podría provocar caídas de producción de hasta el 50% en determinados cultivos. Ese escenario, aunque extremo, revela la magnitud del riesgo.

El problema es el desfase temporal. Los fertilizantes se aplican hoy, pero su impacto se verá en las cosechas dentro de varios meses. Es entonces cuando los precios de los alimentos comienzan a reflejar el shock. Para cuando el consumidor lo perciba, ya será demasiado tarde para evitarlo.

Mercados nerviosos más allá del petróleo

Mientras la economía real comienza a resentirse, los mercados financieros ya han reaccionado.

Los gestores de fondos han incrementado sus posiciones en liquidez del 3,4% al 4,3% en apenas un mes, el mayor salto desde la pandemia de 2020. Es una señal clara de cautela.

Las expectativas también han cambiado con rapidez. La proporción de inversores que esperaba un crecimiento económico más fuerte en los próximos 12 meses cayó del 39% al 7%. Al mismo tiempo, el temor a una inflación más alta se disparó del 9% al 45%.

El capital privado, especialmente los fondos de crédito, emerge como una posible fuente de inestabilidad. Más del 60% de los gestores lo identifica como el principal riesgo de una crisis financiera global. En un contexto de tasas altas, inflación creciente y tensiones geopolíticas, cualquier disrupción puede amplificarse rápidamente.

Aún no estamos viendo el impacto completo. Si la guerra se prolonga, los efectos podrían multiplicarse. Expertos anticipan una menor producción agrícola, aumento sostenido de precios, presión sobre economías emergentes y mayores tensiones sociales derivadas del encarecimiento de los alimentos.

En regiones vulnerables, el riesgo va más allá de la inflación. Se acerca a escenarios de inseguridad alimentaria. Lo que comienza como un conflicto geopolítico termina transformándose en una crisis económica global con múltiples capas.

Y esta vez, el petróleo es solo la superficie.