La salida de Sherritt International de Cuba tiene apariencia de crisis empresarial. Una minera canadiense golpeada por sanciones de Washington, deudas, presión regulatoria y pérdida de confianza financiera decide suspender sus operaciones en la isla. Pero detrás de ese expediente corporativo se mueve una pregunta mucho más incómoda: ¿quién terminará controlando el níquel cubano cuando el antiguo socio extranjero de La Habana ya no pueda operar bajo las reglas de siempre?

La respuesta empieza a dibujarse lejos de Moa, en el terreno donde se cruzan Washington, Toronto y los capitales privados con acceso político. Sherritt, durante más de tres décadas uno de los inversionistas extranjeros más importantes en Cuba, firmó un acuerdo de exclusividad de 120 días con Gillon Capital, una firma estadounidense vinculada a la familia de Ray Washburne, exfuncionario de la primera administración de Donald Trump. La negociación podría permitirle a ese grupo adquirir alrededor del 55 % de las acciones ordinarias de la compañía canadiense.

La operación todavía depende de aprobaciones regulatorias, entre ellas la de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y la Bolsa de Toronto. No hay garantía de que se concrete. Pero el solo hecho de que avance revela un giro de enorme alcance, en el que una empresa castigada por su relación con Cuba podría terminar bajo control mayoritario de un actor estadounidense conectado con el mismo universo político que endureció las sanciones contra la isla.

La sanción como herramienta de reordenamiento

Sherritt no se fue de Cuba por cansancio minero ni por agotamiento geológico. Salió empujada por un cambio brusco en el clima político. El 1 de mayo, Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14404, que amplió el cerco contra la economía cubana e introdujo sanciones secundarias contra instituciones financieras extranjeras vinculadas con entidades cubanas bloqueadas.

Seis días después, Marco Rubio designó a GAESA y a Moa Nickel S.A., la empresa conjunta de Sherritt con el Estado cubano, bajo ese esquema sancionador. El argumento fue que la explotación de recursos naturales beneficiaba al régimen cubano. La señal para el mercado fue que hacer negocios en sectores estratégicos de Cuba podía convertirse en un riesgo intolerable.

La reacción de Sherritt fue inmediata. Suspendió sus actividades directas, repatrió a sus empleados expatriados y entró en una fase de emergencia corporativa. Deloitte LLP renunció como auditor externo. La compañía enfrentó una orden de suspensión de cotización por no presentar sus estados financieros del primer trimestre. Varios directivos abandonaron la junta. Las acciones cayeron a mínimos históricos.

La empresa llegó incluso a anunciar la disolución formal de sus intereses en la isla. Pero cuatro días después cambió de rumbo. Había aparecido una “oportunidad potencial de preservación de valor” como fue la negociación con Gillon Capital.

De aliado canadiense a oportunidad estadounidense

Ese cambio es clave. Durante décadas, Sherritt funcionó como una vía de oxígeno para Cuba en un sector donde la tecnología, el procesamiento y el acceso a mercados internacionales son determinantes. Su presencia en Moa era parte de una arquitectura económica que permitía sostener producción de níquel y cobalto en asociación con el Estado cubano.

Ahora, el tablero se mueve. La presión estadounidense no solo expulsó a Sherritt de la operación directa. También creó las condiciones para que un grupo estadounidense, con conocimiento del aparato regulatorio de Washington, pueda negociar desde una posición de ventaja.

Ray Washburne no es un nombre cualquiera en esta historia. Fue nominado por Trump en 2017 para presidir la Overseas Private Investment Corporation y también integró el Consejo Asesor de Inteligencia del Presidente. Ese recorrido importa porque la transacción no se resolverá solo con capital. Necesita navegar sanciones, permisos, lecturas políticas y autorizaciones oficiales.

Ahí está el verdadero valor de Gillon Capital. Es un comprador que parece hablar el idioma del poder que hoy decide qué puede sobrevivir y qué no dentro del vínculo económico con Cuba.

El níquel cubano paga primero

Mientras las negociaciones se procesan en despachos legales, Moa enfrenta el golpe más visible. La empresa mixta Moa Nickel inició despidos y una reorganización de plantilla tras la suspensión de Sherritt. Para una ciudad levantada alrededor de la minería, no se trata de un ajuste más.

Moa no es un enclave industrial reemplazable. Es una comunidad cuya economía depende del níquel. Cuando se paraliza una pieza central del complejo, el impacto cae sobre trabajadores, familias y servicios que orbitan alrededor de la actividad minera. La geopolítica, que suele narrarse con comunicados y sanciones, allí se traduce en incertidumbre laboral.

La Habana también llega debilitada a esta disputa. El Estado cubano acumula una deuda de al menos 344 millones de dólares con Sherritt, de los cuales 277 millones corresponden directamente a General Nickel Company S.A. Esa deuda reduce margen de maniobra, complica cualquier renegociación y expone una fragilidad mayor, pues aunque Cuba conserva recursos estratégicos, necesita socios, financiamiento y canales internacionales para convertirlos en poder económico real.

El níquel cubano entra así en una zona de disputa más sofisticada que la simple salida de una empresa extranjera. Estados Unidos no necesita ocupar físicamente una mina para condicionar su futuro. Puede hacerlo mediante sanciones, licencias, autorizaciones, presión financiera y reorganización de la propiedad corporativa.

Si Gillon Capital llega a controlar la mayoría accionaria de Sherritt, Washington habría logrado algo más complejo que castigar una alianza entre Canadá y Cuba. Habría abierto una puerta para influir, desde el lado empresarial y regulatorio, sobre uno de los activos más estratégicos de la isla.

Ese es el fondo del caso. Sherritt parece retirarse, pero el níquel no pierde valor. Al contrario, en un mundo donde el cobalto y el níquel son minerales esenciales para industrias tecnológicas y energéticas, Moa adquiere más importancia, no menos. Lo que cambia es la correlación de fuerzas alrededor del recurso.