La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado la muerte de centenares de personas, entre ellas el líder supremo Alí Jamenei, y ha empujado a la economía mundial hacia un terreno que combina pánico financiero y reacomodo geopolítico. En las últimas horas, además, el cierre del Estrecho de Ormuz pasó de ser una amenaza a convertirse en una realidad, con repercusiones globales.
El cuello de botella del mundo
El Estrecho de Ormuz es el corredor por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una proporción significativa del gas natural licuado. Irán controla militarmente su costa sur y, tras anunciar su cierre, el flujo energético quedó interrumpido en un punto neurálgico del sistema económico internacional.
La región afectada concentra una quinta parte del suministro global de crudo. Arabia Saudita, Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos dependen de ese canal para exportar. Aunque algunos productores cuentan con rutas alternativas limitadas, la capacidad de reemplazo es insuficiente frente a una interrupción prolongada.
El impacto del cierre del Estrecho fue casi instantáneo. El Brent, que ya acumulaba una subida cercana al 20% en lo que va del año y cotizaba en torno a los 73 dólares, enfrenta ahora presiones que podrían llevarlo primero a 80 dólares y, en un escenario extendido, a 100. Ese nivel añadiría hasta siete décimas a la inflación global y reavivaría la memoria de 2008 o 2022. En ambos casos, el encarecimiento energético actuó como multiplicador de crisis. Más costos de transporte, presión sobre alimentos y tensión en cadenas logísticas.
La economía mundial llegaba a esta crisis en un momento delicado. Tensiones comerciales previas, volatilidad tecnológica y presiones inflacionarias persistentes ya erosionaban la confianza de los mercados. La guerra introduce un nuevo factor de incertidumbre estructural.
Aunque no se han confirmado daños masivos en infraestructuras petroleras de Irán, la mera cautela ha provocado disrupciones. Petroleras y navieras suspendieron envíos. Las tarifas de superpetroleros en la ruta Medio Oriente–China se triplicaron desde comienzos de año. El comercio se ralentiza incluso antes de que falte físicamente el crudo.

La guerra contra Irán se sentirá con fuerza en todos los mercados
Mercados en modo “guerra” mueven la economía mundial
La respuesta financiera al ataque sobre Irán ha sido inmediata. El índice VIX, termómetro del miedo en Wall Street, ya había subido un tercio en el año. Ahora la volatilidad se intensifica, aunque Donald Trump insista en que ocurre lo contrario.
El dólar se fortalece como refugio. En contextos de escalada prolongada, la divisa estadounidense tiende a captar flujos globales de capital, incluso cuando el conflicto involucra directamente a Washington. El yen y el franco suizo también se aprecian. El shekel israelí, en cambio, enfrenta presiones adicionales.
El oro, que ya acumulaba una subida del 22% en 2026, recibe nueva demanda. Los bonos del Tesoro estadounidense atraen inversores defensivos. El bitcoin, lejos de consolidarse como activo refugio, sigue perdieron terreno —no ha vuelto a superar los 70 000 dólares— y confirma su vulnerabilidad en episodios de estrés sistémico.
Arabia Saudita incrementó sus envíos a más de 7 millones de barriles diarios en febrero, anticipando turbulencias. La OPEP+ evalúa aumentos adicionales de producción. Estados Unidos, Brasil y Canadá también habían elevado su bombeo en meses recientes. Pero el problema no es solo de producción. Es de tránsito.
Si Ormuz permanece cerrado o parcialmente bloqueado, cualquier incremento de oferta podría quedar neutralizado. El crudo puede existir bajo tierra o en tanques, pero sin rutas seguras no llega al mercado.
Irán, aunque representa apenas el 3% de la producción mundial con 3,3 millones de barriles diarios, posee un poder desproporcionado gracias a su posición geográfica. En una guerra asimétrica, ese es su mayor instrumento.
El riesgo sistémico para la economía mundial
Más allá del petróleo, el conflicto reconfigura alianzas. Teherán podría activar a sus aliados regionales. Moscú y Pekín observan con atención. Una escalada mayor podría alterar cálculos estratégicos en Ucrania o Taiwán.
El impacto económico no se limita a la energía. Un entorno de mayor riesgo eleva primas financieras, encarece el crédito y frena inversión. Los mercados emergentes son particularmente vulnerables. Las economías importadoras netas de energía enfrentarán mayores déficits.
La historia muestra que las guerras en Medio Oriente no son eventos aislados, sino catalizadores. La muerte del ayatola Jamenei introduce además una incógnita interna en Irán. Un eventual vacío de poder podría intensificar la inestabilidad regional. O, en el mejor de los casos, abrir un escenario político distinto. Pero en el corto plazo, la incertidumbre es el único consenso.
La economía mundial no teme únicamente a la destrucción física. Teme al desorden prolongado. Y hoy, el orden energético global está en suspenso.
