La madrugada en que comenzaron los bombardeos no hubo ultimátum público ni votaciones en el Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva aérea coordinada Irán con el objetivo de degradar la capacidad de Teherán para producir, almacenar y disparar supuestas armas nucleares. En cuestión de horas, Irán respondió con una lluvia de misiles contra Israel y países del Golfo que albergan bases estadounidenses. El conflicto dejó de ser una escalada diplomática para convertirse en un intercambio directo de fuego a larga distancia, con repercusión global.
No estamos ante una guerra de invasiones terrestres ni de columnas blindadas avanzando sobre capitales. Es un enfrentamiento dominado por misiles balísticos, misiles de crucero, drones de ataque y aviación furtiva. Un duelo tecnológico en el que cada lanzamiento busca inutilizar la capacidad del adversario para volver a disparar. Miles de personas ya han muerto, entre ellas el ayatola Jamenei; pero la cifra continuará aumentando, día tras día. Ni Washington ni Tel Aviv parecen tener un plan claro; mientras, desde Teherán han cerrado la puerta, al menos por ahora, a las negociaciones diplomáticas y aseguran que tienen capacidad para resistir.
Misiles y ciudades subterráneas, el corazón del poder iraní
Irán ha construido durante décadas uno de los mayores arsenales de misiles de Oriente Próximo. Según estimaciones del Mando Central de Estados Unidos, dispone de más de 3.000 misiles balísticos, de los cuales unos 2.000 pueden alcanzar objetivos en la región. Estos proyectiles constituyen la columna vertebral de su estrategia militar convencional.
Entre sus modelos destacan el Shahab-3, con un alcance aproximado de 1.300 kilómetros; el Gahdr-110 y el Kheibar, cercanos a los 2.000 kilómetros; y el Sejjil, que utiliza combustible sólido y puede superar los 2.000 kilómetros. El combustible sólido es una ventaja crítica, porque reduce el tiempo de preparación y complica la detección previa al lanzamiento.

Misiles iraníes Fatah II
El Khorramshahr añade otra dimensión, al poder transportar múltiples ojivas. Pero el sistema más avanzado presentado por Teherán es el Fattah II, un misil con vehículo de planeo hipersónico. Su capacidad de maniobra en fase terminal lo convierte en un desafío para sistemas defensivos como los Patriot estadounidenses o los Arrow israelíes.
Sin embargo, el verdadero escudo iraní está bajo tierra. Las llamadas “ciudades de misiles” son complejos excavados en montañas, algunos a gran profundidad, diseñados para almacenar proyectiles y proteger lanzaderas móviles. Desde allí se planifican y ejecutan los disparos. Si esas instalaciones mantienen operativas sus accesos, Irán puede sostener el intercambio.
La ofensiva de misiles de Washington y Tel Aviv
Estados Unidos e Israel han apostado por neutralizar esa infraestructura. La operación estadounidense incluyó misiles de crucero Tomahawk, capaces de alcanzar objetivos a 1.600 kilómetros con alta precisión. Cada unidad supera el millón de dólares, pero su alcance y fiabilidad permiten atacar desde el mar sin exponer tropas terrestres.
También se desplegaron cazas F-35 y F/A-18 para misiones de supresión de defensas aéreas y ataques selectivos contra radares, centros de mando y lanzaderas. El F-35, con tecnología furtiva de quinta generación, puede penetrar espacios aéreos defendidos y emplear municiones guiadas de precisión.
El elemento más significativo fue el uso de bombarderos B-2, diseñados para atacar objetivos subterráneos reforzados con bombas de gran penetración. Su misión es destruir o inutilizar los accesos a las bases de misiles enterradas.
Además, el Pentágono utilizó drones de ataque unidireccionales de bajo coste inspirados en modelos iraníes como el Shahed-136. Con un precio aproximado de 35.000 dólares por unidad, estos sistemas permiten saturar defensas enemigas y preservar armamento más caro. La lógica es la de la “masa asequible”: abundancia de armas relativamente baratas para sostener campañas prolongadas.
La guerra de misiles, entre el desgaste y el cálculo industrial
Este conflicto responde a un patrón distinto al de las guerras convencionales del siglo XX. No busca conquistar capitales, sino reducir el inventario del adversario. Es una guerra donde cada bando intenta anular la capacidad del otro para lanzar misiles.
Irán apuesta por volumen acumulado y dispersión. Aunque ha disparado centenares de proyectiles, conserva reservas significativas y capacidad de fabricación. Su estrategia consiste en saturar defensas y aumentar el coste humano y material para sus adversarios. Además, su control sobre el estrecho de Ormuz, por donde transita más del 20% del petróleo del mundo, le da una ventaja de negociación.
Estados Unidos dispone de una industria militar capaz de producir y reponer misiles de crucero, municiones guiadas y drones en grandes cantidades. Ha aumentado la producción anual de Tomahawk y continúa invirtiendo en sistemas de actualización y guía. Su capacidad económica le permite sostener un ritmo elevado de operaciones.
Israel, en cambio, enfrenta el desafío de la defensa activa. Cada interceptor Patriot o Arrow tiene un coste elevado. Si Irán logra lanzar suficientes misiles y drones simultáneamente, puede obligar a un gasto defensivo considerable.
La variable decisiva es la inteligencia. Localizar túneles, convoyes de lanzaderas y centros de ensamblaje requiere información precisa y constante. Si Washington y Tel Aviv logran inutilizar las salidas de las bases subterráneas, el arsenal iraní quedará parcialmente neutralizado. Si no, Teherán podrá seguir disparando y prolongar el conflicto.
En esta guerra, el tiempo no se mide en kilómetros conquistados, sino en misiles disponibles. El primero que pierda capacidad de lanzamiento quedará expuesto. Y en una región donde cada impacto tiene consecuencias estratégicas y económicas globales, la resistencia logística puede pesar más que la potencia de fuego inicial.
