Elon Musk ha vuelto a colocar una fecha en el calendario del futuro. Según su pronóstico, hacia 2031 la inteligencia artificial podría superar la suma de las capacidades intelectuales de toda la humanidad. Cinco años después, alrededor de 2036, el dinero comenzaría a perder sentido porque robots y sistemas inteligentes producirían prácticamente todo lo que las personas necesitan.
La predicción resulta impactante, pero también revela uno de los principales rasgos del discurso de Musk que es el de presentar escenarios tecnológicos extraordinarios como si su llegada dependiera únicamente de que transcurra el tiempo.
Una inteligencia superior no garantiza una sociedad mejor
Musk no habla simplemente de máquinas capaces de escribir, programar o resolver cálculos complejos. Su apuesta es mucho más radical. Considera que la IA podrá desarrollar medicamentos, diseñar materiales, realizar descubrimientos científicos y solucionar problemas de ingeniería mejor que cualquier persona.
En ese escenario, los humanos dejarían de ser la inteligencia dominante. Musk compara esa futura relación con la distancia cognitiva que actualmente existe entre las personas y los chimpancés. Una inteligencia digital muy superior, sostiene, difícilmente aceptaría permanecer subordinada.
El problema es que el empresario anuncia la pérdida del control humano sin explicar qué instituciones, normas o mecanismos podrían proteger a la sociedad. Propone auditorías entre las principales compañías tecnológicas, pero ese modelo descansaría en que empresas competidoras, con enormes intereses económicos, se vigilen entre sí.
También reconoce que existe entre un 10 % y un 20 % de probabilidades de que el desarrollo de la IA termine en una catástrofe. En cualquier otro sector, aceptar semejante nivel de riesgo obligaría a revisar profundamente el proyecto. En Silicon Valley, en cambio, se presenta como un costo asumible del progreso.
El espejismo de la abundancia infinita
La segunda gran predicción de Musk es económica. Cuando la inteligencia artificial se integre con robots humanoides, las máquinas podrán encargarse tanto del trabajo intelectual como de las tareas físicas. La producción aumentaría, los costos disminuirían y los bienes serían tan abundantes que el dinero dejaría de ser necesario.
La lógica parece sencilla. Las personas quieren dinero para comprar comida, vivienda, transporte o entretenimiento. Si los robots producen todo eso en cantidades prácticamente ilimitadas, la función tradicional del dinero desaparecería.
Sin embargo, producir más no significa distribuir mejor. La automatización puede multiplicar la riqueza, pero no determina quién será propietario de los robots, de los centros de datos, de las fuentes de energía o de las plataformas digitales. Si esa infraestructura permanece concentrada en unas pocas corporaciones, la abundancia podría fortalecer el poder de sus dueños en lugar de liberar a la población.
Musk tampoco explica cómo se financiaría la transición. Sugiere que los gobiernos podrían emitir cheques para sostener a quienes pierdan sus empleos y asegura que el aumento de la producción evitaría la inflación. Pero una economía no depende únicamente de la cantidad de productos disponibles. También intervienen el acceso, la propiedad, la desigualdad y el poder político.
Las fechas de Musk deben interpretarse con cautela. No solo describen una posible evolución tecnológica. También ayudan a justificar inversiones multimillonarias en inteligencia artificial, robótica, energía e infraestructura.
Tesla, SpaceX y xAI necesitan convencer a los mercados de que el futuro llegará pronto y de que sus tecnologías ocuparán una posición central. En ese contexto, anunciar que la IA superará a la humanidad en cinco años y que el dinero será irrelevante en diez funciona como pronóstico, estrategia empresarial y herramienta de influencia.
La inteligencia artificial probablemente transformará el empleo y la producción. Pero el fin del dinero no será una consecuencia automática de máquinas más inteligentes. Dependerá de decisiones humanas sobre propiedad, distribución y control. Precisamente esas son las preguntas que Musk deja sin responder.
