La escena internacional amaneció con una sensación de déjà vu inquietante. Apenas horas después de la operación militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump volvió a poner sobre la mesa una idea que muchos creían enterrada: la necesidad de que Estados Unidos controle Groenlandia.

No se trató de una insinuación diplomática ni de una frase aislada. Trump habló de “seguridad nacional”, de barcos rusos y chinos rodeando la isla y de la urgencia estratégica de ese territorio ártico. El mensaje fue directo y, sobre todo, ocurrió en un contexto en que Washington acababa de demostrar que estaba dispuesto a actuar de forma unilateral y contundente en América Latina.

Por qué Groenlandia obsesiona a Trump

La secuencia es clave para entender la alarma en Europa. Primero, la intervención en Venezuela. Luego, la reafirmación pública del interés por Groenlandia, acompañada de gestos simbólicos que elevaron la tensión, como la difusión en redes sociales de imágenes de la isla cubierta con la bandera estadounidense y la palabra “pronto”.

A esto se sumó el nombramiento de un enviado especial de la Casa Blanca para Groenlandia, una figura que rompió con décadas de consenso diplomático. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no había planteado abiertamente la anexión de un territorio perteneciente a un aliado.

Para Dinamarca y para la propia Groenlandia, el problema no fue solo el discurso, sino el momento. El precedente venezolano transformó una vieja excentricidad de Trump en una amenaza que ya no parecía puramente retórica.

La isla más grande del planeta es, en términos demográficos, un punto diminuto en el mapa. En términos estratégicos, es todo lo contrario. Groenlandia se encuentra en el corazón del Ártico, una región que se está abriendo rápidamente al tráfico marítimo por el deshielo y que se ha convertido en un tablero de competencia directa entre Estados Unidos, Rusia y China.

Washington ya tiene presencia militar allí. La base espacial de Pituffik cumple un papel clave en la detección de misiles y la vigilancia del espacio. Desde una lógica estrictamente militar, Estados Unidos no necesita soberanía para operar. Pero Trump va más allá.

El Ártico es también una promesa económica. Bajo el hielo de Groenlandia hay minerales estratégicos, incluidas tierras raras esenciales para la industria tecnológica y energética. Aunque su explotación es compleja y costosa, el control político del territorio garantizaría a Estados Unidos una ventaja a largo plazo en un mundo cada vez más dependiente de esos recursos.

Además, Trump concibe la geopolítica como una negociación de poder desnudo. Para él, territorios, rutas y recursos son activos que se aseguran antes de que lo hagan los competidores.

¿Cuál puede ser el desenlace de Groenlandia tras Venezuela?

La reacción de Dinamarca no dejó espacio para interpretaciones. La primera ministra Mette Frederiksen habló de amenazas inaceptables contra un aliado histórico y recordó que Groenlandia no está en venta.

Copenhague subrayó que el Reino de Dinamarca forma parte de la OTAN, que existe un acuerdo de defensa con Estados Unidos desde hace décadas y que el país ha incrementado de forma notable su gasto militar en el Ártico. El mensaje fue que no hay vacío de seguridad que justifique una intervención, y cualquier intento de presión rompería las reglas básicas entre aliados.

El propio gobierno autónomo groenlandés reforzó esa postura, recordando que el futuro de la isla lo decide su población, no las redes sociales ni las declaraciones desde Washington.

La Unión Europea reaccionó con una inusual contundencia. Francia, Suecia y otros países cerraron filas con Dinamarca, insistiendo en que las fronteras no se cambian por la fuerza y que la integridad territorial es un principio no negociable.

En Bruselas hay una preocupación adicional. Si Estados Unidos normaliza la idea de presionar a un aliado para obtener territorio, el golpe no es solo a Dinamarca, sino a la arquitectura de seguridad europea. La OTAN se basa en la confianza mutua. Una crisis interna de este tipo erosionaría esa base en un momento en que Europa ya enfrenta la guerra en Ucrania y un entorno estratégico cada vez más hostil.

La anexión forzosa de Groenlandia sigue siendo improbable. Incluso dentro de Estados Unidos, una operación de ese tipo tendría costos políticos y militares enormes. Sin embargo, el riesgo no está en una invasión clásica.

El escenario más plausible es una escalada de presiones diplomáticas, económicas y estratégicas para arrancar concesiones. Por ejemplo, un mayor acceso militar, acuerdos preferenciales sobre recursos o un papel dominante de empresas estadounidenses en proyectos clave de la isla.

La intervención en Venezuela ha cambiado la percepción del riesgo. Europa ya no puede descartar escenarios que antes parecían impensables. Groenlandia se ha convertido, así, en una prueba de hasta dónde está dispuesto a llegar Trump y de si el sistema internacional aún tiene mecanismos eficaces para contener a su actor más poderoso. Visto lo visto, hasta ahora, el «sistema internacional» no ha pasado la prueba.